Por Ugo Mattei, Profesor de Derecho Internacional Comparado en el Hastings College of the a Law de la Universidad de California, autor de Beni comuni. Un manifesto, Laterza, Bari-Roma, 2011. Le Monde Diplomatique Diciembre 2011
¿Cómo proteger la propiedad colectiva en un momento en que los gobiernos se deshacen de los servicios públicos y dilapidan los recursos naturales que heredaron por ejemplo para “equilibrar” su presupuesto? La nocíón de “bienes comunes” propone superar la antinomia entre propiedad pública y propiedad privada.
Cuando un Estado privatiza una vía de ferrocarril, una línea de transporte aéreo o un hospital, cuando cede la distribución de agua potable o vende universidades, expropia a la comunidad de una parte de sus bienes; una expropiación simétrica a la que realiza sobre la propiedad privada cuando desea construir un camino o alguna otra obra pública. En un proceso de privatización, el gobierno vende algo que no le pertenece, sino que pertenece proporcionalmente a cada uno de los miembros de la comunidad, de la misma manera que cuando se apropia de un campo para construir una autopista, adquiere mediante la coerción una propiedad que no es suya.
Es decir que toda privatización decidida por la autoridad pública –representada por el gobierno de turno– priva a cada ciudadano de su cuota de bien común, exactamente como en el caso de una expropiación de un bien privado. Pero con una diferencia importante: la tradición constitucional liberal protege al propietario privado del Estado constructor, instituyendo la indemnización por expropiación, mientras que ninguna disposición jurídica –y menos aún constitucional– ofrece ninguna protección cuando el Estado neoliberal traslada al sector privado los bienes de la colectividad.
Debido a la evolución actual de la relación de fuerzas entre los Estados y las grandes empresas transnacionales, esta asimetría representa un anacronismo jurídico y político. La misma irresponsabilidad constitucional autoriza a los gobiernos de turno a vender libremente el bien de todos para financiar su política económica. Nos hace olvidar que los poderes políticos deberían ponerse al servicio del pueblo soberano, y no a la inversa.
En efecto, el “sirviente” (el gobierno) debe poder disponer de los bienes de sus mandatarios (los ciudadanos) para cumplir correctamente su servicio; pero su papel es el de un administrador de confianza, no el de un propietario libre de abusar de su patrimonio. Porque una vez enajenados, maltratados o destruidos, los bienes comunes dejan de existir para la colectividad. No son reproducibles y difícilmente sean recuperables, tanto para la generación presente –en el caso de que se dé cuenta de que ha escogido mayoritariamente a un sirviente malvado– como para las que vienen, a las cuales ni siquiera se les puede reprochar una elección que no hicieron. La cuestión de los bienes comunes pasa primero por una forma constitucional, ya que es en las Constituciones donde los sistemas políticos fijan las decisiones de largo plazo que quieren sustraer de la arbitrariedad de los gobiernos sucesivos (1).
Un nuevo lugar para lo “público”
Así pues, es importante desarrollar una elaboración teórica, acompañada por una defensa militante, que trate los “bienes comunes” como una categoría con autonomía jurídica que constituya una solución de recambio, tanto para la propiedad privada como para la propiedad pública (2). Esta tarea se revela más necesaria en la medida en que el sirviente padece hoy el vicio mortal del juego (el crédito, más que el impuesto, financia sus actividades), lo cual lo hizo caer en manos de usureros claramente más fuertes que él. En la aplastante mayoría de los Estados, en efecto, el gobierno, sometido por muchos canales a los intereses financieros globales, liquida los bienes comunes por fuera de todo control y ofrece como explicación la necesidad de pagar sus deudas de juego. Esta lógica enmascara como natural y obligatorio un estado de cosas que en realidad resulta de elecciones políticas constantes y deliberadas.
La conciencia de los bienes comunes, es decir el hecho de ver en ellos instrumentos para la satisfacción de las necesidades y derechos fundamentales de la colectividad, no es algo que se decida en los papeles (3). Se forma en el marco de las luchas –que a menudo terminan en derrotas pero siempre resultan emancipadoras– que se llevan adelante para defenderlos en el mundo entero. En muchos casos, los verdaderos enemigos son justamente aquellos Estados que deberían ser sus fieles guardianes. Así, la expropiación de los bienes comunes a favor de los intereses privados –multinacionales, por ejemplo– es a menudo obra de gobiernos ubicados en una posición de creciente dependencia (y por lo tanto, de debilidad) con respecto a las empresas que les dictan políticas de privatización, de “consumo” del territorio y de explotación. Desde este punto de vista, la situación de Grecia e Irlanda es particularmente emblemática.
La tradición occidental moderna se desarrolló en el marco de la dialéctica Estado-propiedad privada, en un momento histórico en que sólo esta última parecía necesitar protección frente a gobiernos autoritarios y omnipotentes. De ahí provienen las garantías constitucionales que son la utilidad pública, el ámbito reservado a la ley (que le garantiza al legislador el monopolio de ciertas cuestiones, si se excluyen las intervenciones de otros poderes del Estado en forma de decretos o regulaciones) y la indemnización. Pero ahora que la relación de fuerza entre Estado y sector privado evolucionó, la propiedad pública también necesita protecciones y garantías a largo plazo. Pero he aquí que estas son difíciles de concebir dentro del marco tradicional, que restringe la cosa pública al Estado. Es por eso que la protección liberal clásica de lo privado en relación al Estado ya no alcanza.
La conciencia política de la expropiación o del saqueo de los bienes comunes en el marco de las luchas actuales (por el agua, la universidad pública, la alimentación, contra las grandes obras que degradan los territorios) emerge a menudo de manera difusa, sin por ello desembocar en la elaboración de nuevas herramientas teóricas capaces de representar dicha conciencia e indicar una dirección común para esas movilizaciones. La categoría de los bienes comunes es llamada a cumplir esta nueva función constitucional de protección de lo público frente al Estado neoliberal y el poder privado.
Esta noción dio un salto cualitativo cuando, en 2009, la economista norteamericana Elinor Ostrom recibió el premio Nobel de Economía por sus trabajos sobre los commons y, en particular, por su libro La gobernanza de los bienes comunes (4). La especialista se convirtió incluso en una palabra clave del paisaje internacional. No obstante, esta consagración borró ampliamente su potencial crítico. En la comunidad científica, la obra de Ostrom no se tradujo en un reconocimiento pleno y entero de las consecuencias revolucionarias que podía tener la posición central de los bienes comunes entre las categorías de lo jurídico y lo político.
La “tragedia de los bienes comunes” (5) –idea según la cual el libre acceso de los individuos a los recursos comunes provoca su sobreexplotación y amenaza su existencia– también llevó a la corriente universitaria dominante a considerar lo “común” como el lugar del no derecho por excelencia.
Desde esta óptica, un gran número de economistas y especialistas de las ciencias sociales acabaron fundando sus teorías sobre la imagen de una persona que, invitada a un almuerzo donde hay disponible gran cantidad de comida, se abalanza sobre ella, procurando así maximizar la suma de calorías que puede almacenar a costa de los demás. El Homo economicus glotón consumiría el máximo de alimento en un mínimo del tiempo.
Ostrom mostró hasta qué punto este modelo de comportamiento falla al intentar describir la relación entre el hombre de carne y hueso y el mundo real. No obstante, no sacó ninguna consecuencia política del hecho de que el modelo describa bastante bien las conductas de las dos instituciones más importantes que rigen nuestro mundo. En efecto, tanto la empresa como el Estado neoliberal tienden a actuar, frente a los bienes comunes, exactamente como el glotón invitado al almuerzo: procuran adquirir el máximo de recursos a costa de los demás. Impulsados por el interés de los gerentes y los accionistas en un caso, y de la nación y los dirigentes políticos en el otro, adoptan comportamientos miopes y egoístas, que la mayoría de las veces esconden detrás de una espesa niebla ideológica.
Un cambio de sensibilidad
Una vez dentro de la corriente académica y científica dominante, el discurso sobre el bien común corre el riesgo de convertirse en uno de los registros de moda de la poscrisis, como la “sustentabilidad” o la “economía verde”. Las generaciones que sucedieron a la “revolución científica”, en efecto, encontraron el modo de abrir una caja fuerte donde había guardadas inmensas fortunas que las generaciones anteriores no sabían que tenían, y no sabían cómo explotar (6). La primera modernidad (siglos XVI-XVIII), a través de la alianza entre el derecho, la técnica y la economía, forjó un imaginario que presenta como “ciencia” el hecho de sacar provecho –derrochándolas– de las riquezas contenidas en esa caja fuerte (carbón, petróleo, gas, agua dulce profunda), recursos naturales que no podemos producir y que no se reproducen naturalmente, salvo a lo largo de millones de años. Sobre este imaginario se funda esta ciencia de la explotación rápida y eficaz del tesoro que, desde hace trescientos años, llamamos economía.
En la mentalidad moderna, explotar bienes comunes –mediante un consumo que inevitablemente desemboca en su privatización a favor de los que consiguen explotarlos y aprovecharlos más eficazmente– se considera natural. El proceso de acumulación llama a la mercantilización, cuyos supuestos son la moneda, la propiedad privada del suelo y el trabajo asalariado, invenciones humanas que desvían hacia fines comerciales ciertos valores cualitativos únicos y no reproducibles, como la tierra, el tiempo de vida y el intercambio cualitativo.
Karl Marx describió el proceso de acumulación primitiva –en particular, la expoliación de las tierras comunes en Inglaterra, en el siglo XVI– como la etapa inicial del desarrollo capitalista, que permitió el avance de un capital suficiente para impulsar la revolución industrial. No obstante, podríamos extender la definición y considerar que la acumulación primitiva mediante la conquista de los bienes también engloba la privatización de lo que ha sido edificado en común gracias al sistema de contribuciones, fruto del trabajo de todos: transportes y servicios públicos, telecomunicaciones, mantenimiento urbano, bienes culturales y paisajísticos, escuelas (y más ampliamente todo lo que tiene que ver con la cultura y el conocimiento), hospitales; en resumen, todas las estructuras que rigen la vida social, hasta la defensa y las cárceles (7).
Un cambio general de sensibilidad, que podría convertir el bien común en la perspectiva central, sentaría las bases para un profundo cambio que se desarrollaría en el plano técnico-jurídico. Se trata, pues, de develar, denunciar y superar la paradoja heredada de la tradición constitucional liberal: la de una propiedad privada más protegida que la propiedad común.
1. Esta protección, que es necesaria, no por ello es menos frágil. En Francia, la constitucionalización de los monopolios de los servicios públicos, en 1946, no impidió formas posteriores de desmantelamiento.
2. Michael Hardt y Antonio Negri, Commonwealth, Harvard University Press, 2009.
3. Ugo Mattei y Laura Nader, Plunder. When the rule of law is illegal, Blackwell, Oxford, 2008.
4. Elionor Ostrom, Governing the Commons, Cambridge University Press, 1990.
5. Garrett Hardin, “The Tragedy of the Commons”, Science, vol. 162, n° 3859, Washington, diciembre de 1968.
6. Carlo M . Cipolla, The Economic History of World Population, Penguin, Londres, 1962.
7. Elisabetta Grande, Il terzo strike, Sellerio, Palermo, 2007. Cf. también las reflexiones de David Harvey sobre la “acumulación por desposesión” en El nuevo imperialismo, Akal, Madrid, 2004.
* Profesor de Derecho Internacional Comparado en el Hastings College of the a Law de la Universidad de California, autor de Beni comuni. Un manifesto, Laterza, Bari-Roma, 2011.
El Banco Santander y el BBVA financian a fabricantes de armas nucleares.
Los países que poseen armas nucleares gastan la astronómica cifra de 100.000 millones de dólares cada año para mantener y modernizar sus fuerzas nucleares, según el informeDon’t Bank on the Bomb. Gran parte de este trabajo lo llevan a cabo empresas como BAE Systems en Gran Bretaña, Lockheed Martin y Northrop Grumman en los Estados Unidos, Thales en Francia y Larsen & Toubro en la India. Instituciones financieras invierten en estas compañías facilitándoles préstamos y siendo propietarias de acciones y bonos.
EADS: el Banco Santander prestó aproximadamente 111,4 millones a EADS en abril de 2011. EADS fabrica misiles nucleares franceses.
Babcock & Wilcox: el BBVA y su subsidiario Compass Bank prestaron cada uno, una estimación de 28 millones de dólares a Babcock & Wilcox en mayo de 2010. Babcock & Wilcox gestiona la planta Pantex de la Administración norteamericana para la Seguridad Nuclear Nacional
Bechtel: el Compass Bank prestó a Bechtel una estimación de 75 millones en julio de 2011. Bechtel gestiona los laboratorios de armas nucleares de Los Álamos y Lawrence Livermore en los Estados Unidos.
Ecologistas en Acción e Ingeniería sin Fronteras han presentado la publicación “El agua, como la vida, no es una mercancía. Propuestas de implementación del derecho humano al agua y al saneamiento, y luchas contra la privatización”. Ha sido editada pensando en la participación de multitud de plataformas, redes y organizaciones en el Foro Alternativo Mundial del Agua que se celebra en Marsella desde el 14 al 17 marzo 2012. Además, desarrolla la propuesta que se solicitará al Gobierno español para incorporar, en la Ley de Aguas, el derecho humano al agua y la obligatoriedad de la gestión pública del abastecimiento y saneamiento urbano.
No pudimos asistir a la rueda de prensa pero recuperamos el vídeo que en su día grabó una de las asistentes Annelis Broekman – Ecologistas en Acción hablanda del Agua, que como la vida, no es una mercancía.
En Cataluña, la plataforma Aigua és Vida está luchando por la participación ciudadana en la defensa de la gestión pública, transparente y participativa del agua. Sus objetivos se centran en contrarrestar la privatización de Aiges Ter-Llobregat (ATLL) y el desmantelamiento de la Agencia Catalana del Agua. El ataque a estas entidades públicas, que han sido motivo de orgullo y reconocimiento por su eficiencia y modernidad, atenta y vulnera los derechos de la ciudadanía a controlar democráticamente la gestión del agua. Asimismo, la inexistencia del contrato de Aguas de Barcelona-AGBAR con el Ayuntamiento de Barcelona, su interés por hacerse con todo el ciclo del agua a través de la gestión de ATLL, y la connivencia con el Gobierno, ponen en grave peligro la capacidad de control de la ciudadanía en un bien tan básico como el agua.
La revolución de los recursos: Mariano Marzo, catedrático Recursos Energéticos UB La Vanguardia.
Existen al menos cinco razones para suponer que en los próximos veinte años el desafío que el mundo tiene planteado en materia de recursos será muy diferente, en escala, al vivido en el pasado.
SICOM y Namuss Films piden ayuda económica para financiar el documental La Plataforma, sobre las actividades de las PAH y las reivindicaciones que las motivan: stop desahucios, dación en pago, alquiler social e Iniciativa Legislativa Popular por una nueva Ley de la Vivienda.
La Revolución de los recursos: Mariano Marzo. La Vanguardia 4-3-12
En el futuro, vamos a oír hablar mucho de ‘economía circular’ y de las 3 R: reducir, reutilizar y reciclar
Durante el transcurso del siglo XX, pese a diversos episodios de shock y volatilidad, los precios de los principales recursos (energía, materiales, agua y alimentos) cayeron casi a la mitad en términos reales o, en el mejor de los casos, como sucedió con la energía, se mantuvieron planos. Una tendencia que resulta sorprendente si tenemos en cuenta que durante el mismo periodo la población mundial se cuadruplicó y que el PIB mundial se multiplico por veinte, lo que conjuntamente acarreo un salto de entre el 600% y el 2000% en la demanda de recursos.
El abaratamiento de estos se atribuye a un rápido desarrollo tecnológico y al descubrimiento de fuentes de suministro nuevas y más baratas. Además, los precios no suelen reflejar los costes íntegros de producción (la práctica de los subsidios está muy extendida) ni tampoco incluyen las externalidades asociadas a su utilización (como las emisiones de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero).
Pero diferentes informes nos alertan de que en la primera década del siglo XXI, como consecuencia de un aumento acelerado de la demanda, la tendencia a la baja comentada se ha invertido, al tiempo que la volatilidad está alcanzando máximos históricos. De hecho, existen al menos cinco razones para suponer que en los próximos veinte años el desafío que el mundo tiene planteado en materia de recursos será muy diferente, en escala, al vivido en el pasado. La primera de ellas es que el rápido desarrollo económico en los mercados emergentes, particularmente en China e India, podría conducir en las próximas dos décadas a la aparición en el escenario económico global de hasta 3.000 millones de nuevos consumidores de clase media. La segunda es que expandir la oferta de recursos puede resultar cada vez más complicado en términos logísticos y políticos, de forma que la adición de nuevas capacidades resultará progresivamente más cara. Otra razón es que los diferentes recursos están cada vez más interrelacionados entre ellos, de manera que un shock de precios en uno en particular puede afectar rápidamente los precios de los otros. La cuarta es que el impacto de una demanda creciente de recursos sobre el medio ambiente puede restringir la oferta. Y, la última, que más de 1.000 millones de personas no tienen cubiertas sus necesidades básicas de energía, agua y alimentos, y todo apunta a que la creciente concienciación y preocupación social exigirá de los gobernantes medidas concretas al respecto.
La combinación de estas cinco razones puede afectar negativamente el crecimiento económico, las finanzas públicas, el bienestar de los ciudadanos (particularmente el de aquellos que viven en los países más pobres) y suscitar peligrosas tensiones geopolíticas. ¿Qué podemos hacer?
Una opción es apostar, como hemos venido haciendo en el pasado, por una simple expansión del suministro capaz de cubrir el aumento de la demanda global de recursos. Pero esta expansión, liderada por la innovación tecnológica, podría acarrear serias consecuencias negativas sobre el medio ambiente. Algunos cálculos nos dicen que en el 2030 el consumo de agua tendría que aumentar en 1.850 km3, un 30% más que en la actualidad, mientras que la deforestación se acrecentaría en 140-175 millones de hectáreas y las emisiones de CO en 2 66 gigatoneladas. Además, ampliar el suministro a las tasas requeridas también supone encarar notables desafíos geopolíticos, de capital e infraestructuras.
Cada vez está más claro que, además de expandir la oferta, no nos va a quedar más remedio que aprovechar todas las oportunidades de mejora a nuestro alcance para aumentar la productividad en la extracción, conversión, distribución y uso final de los recursos. Algo que podría permitirnos cubrir entre un 13% y un 30% de la demanda de energía primaria, materiales, agua y suelo, prevista en el 2030, ahorrándonos de paso parte de las inversiones necesarias para aumentar su oferta.
En este sentido, un reciente estudio del Mckinsey Global Institute analiza más de ciento treinta medidas de mejora de la productividad, concluyendo la necesidad de priorizar quince grupos de ellas que, en conjunto, podrían representar cerca del 75% del total de las ganancias potenciales en productividad. Enumeradas por orden de importancia, estas medidas se relacionan con: 1) la eficiencia energética en la edificación, 2) el rendimiento de las grandes explotaciones agrícolas, 3) el despilfarro de alimentos, 4) las fugas de agua en el abastecimiento a municipios, 5) la densificación urbana (conducente a una mayor eficiencia del transporte), 6) la eficiencia en la industria del hierro y del acero, 7) el rendimiento de las pequeñas fincas agrícolas, la eficiencia de los combustibles en el transporte, 9) la penetración de los vehículos eléctricos e híbridos, 10) la reducción de la degradación del suelo, 11) la eficiencia del uso final del acero, 12) el porcentaje de recuperación del petróleo y del carbón, 13) la optimización de las técnicas de irrigación, 14) la sustitución del transporte por carretera por el ferrocarril y la barcaza, y 15) la eficiencia en las plantas de generación de electricidad.
Unos desafíos que, además de una firme apuesta por la I+D+I, demandan un profundo cambio de mentalidad. Tengo la impresión de que en el futuro vamos a oír hablar mucho de economía circular y de las 3 R: reducir, reutilizar y reciclar.
Mariano Marzo, catedrático de Recursos Energéticos de la UB.
Límites a las privatizaciones: Ugo Mattei, Profesor de Derecho Internacional Comparado en el Hastings College of the a Law de la Universidad de California, autor de Beni comuni. Un manifesto, Laterza, Bari-Roma, 2011.
Esta noción dio un salto cualitativo cuando, en 2009, la economista norteamericana Elinor Ostrom recibió el premio Nobel de Economía por sus trabajos sobre los commons y, en particular, por su libro La gobernanza de los bienes comunes (4).
Desarrollo sostenible y la tragedia del procomún. Elinor Olstrom
Elinor Ostrom explica como a lo largo de la historia las personas se han organizado de manera comunal para gestionar y usar juntos recursos naturales de manera sostenible duante periodos de tiempo largos, creando una gran diversidad de instituciones que se corresponden con la complejidad y la diversidad de los ecosistemas de los que forman parte.
Qué es el Procomún: Antonio Lafuente.(@alafuente) es investigador del Centro de Ciencias Humanas y Sociales (CSIC) en el área de estudios de la ciencia. 2011.
Procomún, ética hacker e inteligencia colectiva. Universidad de Buenos Aires 2009
Laboratorio de Procomún: CSIC 2008
La revolución cultural del procomún: Antonio Fraguas El Pais 28-12-11
Se está expulsando a poblaciones de sus tierras con dinero de todos nosotros:Periodismo Humano habla de y con Grain.
Grain ha sido recientement galardonada con el premio Nobel Alternativo por su lucha contra el acaparamiento de tierras, sobre todo por parte de multinacionales en países en desarrollo.
Más sanciones son igual a más corrupción, ocultamiento de datos reales del paro, de la inflación, culpar a los extranjeros de los males que padecen y aumentar la dependencia del país a los estados que esquivan el bloqueo.
Escribía David Broder, el 25 de mayo de 2011 en The HuffingtonPost: War with Iran will Save Economy, Obama Presidency.
Hoy en día observamos como se califica de progresista cercenar el derecho al aborto con un recorte que va más allá de la ley del 85. Y se señala como doctrinaria a una asignatura Educación Cívica, cuyo contenido es impulsado por el Consejo de Europa para potenciar entre otros los derechos humanos. Mientras, se nos anuncia que deberemos respetar por ley a los empresarios no vaya a ser que les cueste una huelga general empobrecernos, dejarnos hambrientos y sin la sanidad y educación requerida. Porque, ¿es un recorte o no eliminar un curso de ESO en la educación publica?
A todo esto la ministra de sanidad quiere uniformar la sanidad en nombre de la solidaridad y Artur Mas, eso sí en catalán, se ofrece para ayudar en las contrarreformas. Ya ven, ser catalán y expresarse en su lengua para nada está ligado al progresismo ni al combate por las libertades. Pero no se confundan, no estoy contra el catalán, estoy tan a favor de mi lengua como de las libertades, la dignidad, los derechos sociales y la identidad de mi país. Y si tratan de uniformarme lucharé tanto contra el espíritu centralizador como contra las desigualdades impuestas por tanto reaccionario insolidario, hasta conseguir la autodeterminación como pueblo y como ciudadano que cree que todos somos iguales y tenemos las mismas oportunidades.
Y hoy Rajoy aprobará dar dinero, mucho dinero, a las entidades financieras para que solucionen el problema de los activos tóxicos. Sí, sí, los activos especulativos, enfermos y sobrevalorados que permanecen en los balances. Ya no pueden enmascararlos más, son una evidencia y necesitan dinero, nuestro dinero, para no tener que pagar de su bolsillo. Una vez más se nos exigirá que paguemos entre todos el latrocinio generalizado.
Ayer García-Margallo nos habló de la próstata de Franco. Desde hoy cada vez que oiga o recuerde a Arias Navarro, me retumbarán sus palabras “ Franco ha vuelto”. ¿Por qué dijo Franco ha vuelto, no?
Josep Cabayol, president de SICOM, Solidaritat i Comunicació.
4.- Samir Amin es un economista y politólogo neo-marxista y alter-mundista.
Amín no cree en la renovación del capitalismo al que considera obsoleto. Como apunta el título de su último libro debemos salir del capitalismo en crisis, no salir de la crisis del capitalismo.
Entiende Amin que el capitalismo no desaparecerá por sí mismo y que sólo la actuación política consciente, coherente, constructora de una alternativa positiva, servirá para la superación del actual estados de cosas.
Podemos elegir, dice Amin, entre renovar el capitalismo que cada vez será más destructivo para con el ser humano, la sociedad y su relación con la naturaleza o por el contrario construir un nuevo código que sirva para preservar la civilización humana que es bastante más que un modo de producción.
5.- Cuantos mas ajustes, peor: Juan Francisco Martín Seco. Público1-2-12
6.- Déficit cero: de Argentina 2001 a españa 2012: Rubén Lo Vuolo. miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso, Director-Investigador del Centro Interdisciplinario para el Estudio de Políticas Públicas (Ciepp, Argentina) y Presidente de la Red Argentina de Ingreso Ciudadano (Redaic).
Así como hoy España anuncia que anticipa los plazos y las demandas fiscales de Europa para mostrar firmeza a los mercados financieros, lo mismo hizo Cavallo. Al asumir logró que le aprobaran “superpoderes” para el Ejecutivo e hizo aprobar una ley que establecía la regla del “déficit cero” a fines de julio de 2001. Básicamente, la ley establecía que los gastos deberían ajustarse periódicamente a la recaudación, menos los pagos del servicio de la deuda. Al igual que hoy sucede en España, las Provincias fueron obligadas a plegarse a esta política bajo la amenaza de no recibir ayudas desde el gobierno del Estado que era el que captaba la mayoría de los tributos. “Quien diga que hay otra alternativa, miente”, opinó el entonces presidente Fernando De la Rúa en su mensaje a la población, durante el cual pidió “a todos los argentinos un esfuerzo patriótico”, para superar una situación que, “en este momento, es imposible de sostener”.
8.- Las mentiras de Botín: Juan Torres López, catedrático de Economía Aplicada del Departamento de Teoría Económica y Economía Política de la Universidad de Sevilla.
9.- Informe sobre los recortes sanitarios en las Comunidades Autónomas:Informe de la Federación de Asociaciones para la Defensa de la Sanidad Pública publicado en febrero de 2012. DEMPEUS per la salut pública
(no titula nada de la oposición de la izquierda aragonesa, los ecologistas ni de los municipios ribereños del Ebro)
Mentiras para la guerra
11.- La amargura del policía alemán Hensch: La Vanguardia 1-2-1
A principios de 1999 el ejército yugoslavo respondió con gran fuerza a aquella ofensiva de la UCK teledirigida por la OTAN, con una contraofensiva.
Cerca de Rachak y de Rugova varias decenas de guerrilleros albaneses cayeron en emboscadas ante el ejército. Hensch estuvo allí. Vio a los guerrilleros muertos con sus armas, carnets y emblemas de la UCK cosidos en sus guerreras. En Rugovo, los yugoslavos juntaron los cadáveres en el pueblo y los observadores de la OSCE hicieron fotos.
Lucha por el agua pública y derecho humano universal básico e irrenunciable.
Agua, Ríos y Pueblos: Pedro Arrojo. Titular del Departament de Anális Económico de la Universidad de Zaragoza. Premio Goldman 2003. Su investigación está centrada en la Economía del Agua