Brufau cobró 7,08 M/E de Repsol en 2.011. El Consejo de administración en su conjunto 16,3. 5,3 M/€ más que en 2.010.
Repsol, demogagia i corporativismo liberal.Jorge Fonseca, Catedrático EU de Economía Internacional y Desarrollo, Universidad Complutense de Madrid, miembro del Consejo Científico de ATTAC
Lo que resulta llamativo es la generalizada defensa de Repsol y la posición del gobierno -por convicción neoliberal, sumisión o miedo al despido-, por parte de analistas, académicos y tertulianos de los principales medios, que han hecho gala de pensamiento.
Los medios alternativos, las redes sociales e incluso los seguidores de foros de los medios públicos han mostrado la distancia que hay entre el establishment y la sociedad, foso que muestra la debilidad democrática en suma. En vez de procesar los datos de la realidad, la mayoría ha reaccionado como si la expropiación por razones de interés público fuese un acto ilegal en cualquier país, cuando forma parte del ordenamiento legal español (lo establece el artículo 33.3 de la Constitución española y tiene antecedentes de aplicación en la expropiación de Rumasa en los ochenta) al igual que del argentino.
La nacionalización de YPF, filial de Repsol, por el gobierno de Argentina. Alberto Garzón Espinosa, diputado IU, Málaga.
Repsol no es técnicamente una empresa española, y en absoluto es propiedad de todos los españoles. Más del 50% de la multinacional es propiedad del capital extranjero (el 42% pertenece a fondos de inversión extranjeros –gestionados habitualmente por grandes bancos- y el 9’5% pertenece a la empresa mexicana PEMEX). El resto de la empresa es propiedad del grupo de capital privado español Sacyr (10%), de una entidad financiera española como Caixabank (12’83%) y de más capital privado español.
YPF es una entidad que no es propiedad al cien por cien de la multinacional Repsol. En realidad Repsol controla en torno al 57% de YPF, lo que la convierte en el socio mayoritario y el que tiene poder de control y gestión, pero no es el beneficiario pleno de la actividad de YPF. El resto de la empresa es propiedad de capital privado argentino y de capital flotante (propiedad de capital argentino y extranjero)
El crecimiento y desarrollo de Repsol –que debe mucho a la privatización argentina de YPF- no es igual de beneficioso para todas las partes que conforman la multinacional. Mientras los beneficios contables han crecido un 11’97% entre 1998 y 2007, el salario medio de sus empleados sólo ha crecido un 1’71%. Eso quiere decir que los mayores beneficiados han sido los accionistas privados –fundamentalmente grandes empresas extranjeras y otras españolas- y no sus trabajadores.
Repsol-YPF en tanto que empresa privada sólo persigue maximizar el beneficio en el corto plazo –para sus accionistas, además-, de modo que su estrategia empresarial no tiene por qué alinearse necesariamente con la estrategia de desarrollo de la economía argentina. Esta es precisamente una de las razones que aduce el gobierno argentino, que desea recuperar la empresa para poder usarla como instrumento efectivo de desarrollo.
¿Qué hay detrás de la telenovela de Repsol YPF? Pues una historia de privatizaciones, entrega de la soberanía energética e intereses privados para ordeñar con velocidad las limitadas reservar de hidrocarburos de Argentina.
El problema, y una de las razones por la que se ha llegado a esta crisis, es que en ese momento las reservas de crudo argentino se estimaban en unos 15 años y Repsol sólo ha vaciado los pozos y maximizado ganancias exportando la mayoría del petróleo.
La senadora María Eugenia Estenssoro, hija del último director de YPF antes de que la comprara Repsol, es muy crítica del Gobierno y de Repsol, por haber vaciado YPF. Fue durísima con Menem por regalar “un activo estratégico del país” y ahora lo es con lo ocurrido en los últimos años: “(…)El contrato societario firmado por Repsol y el Grupo Eskenazi el 21 de febrero de 2008 -publicado desde entonces en la página de la Comisión Nacional de Valores (CNV)- obliga a los accionistas a distribuir el 90% de las utilidades anuales, cuando lo usual es el 25 por ciento. Este mecanismo permitió que ‘el amigo argentino’ [Eskenazi] comprara su parte en la empresa con los dividendos de la propia compañía. (…) Pregunto: si se acordó retirar prácticamente el total de las ganancias cada año, ¿con qué dinero se esperaba financiar la reposición de reservas y la ampliación de la producción? Repsol aceptó el acuerdo sin protestar, porque así emprendía la retirada con los bolsillos llenos y silbando bajito. Además, esta práctica depredadora la utilizó en la Argentina desde el inicio. Entre 2003 y 2007 repatrió el 97% de las utilidades de la empresa. Toda esta información está en los balances públicos”.
Repsol no es España: Juan Torres lópez, catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Sevilla.
Lo que está haciendo el gobierno es patético y se debe decir claramente: no está defendiendo los intereses de España y de sus ciudadanos, como dice, sino de una gran empresa a la que España, el bienestar de su población o la situación de las empresas que verdaderamente están aquí tratando de sacar adelante la actividad y el empleo sin gozar del apoyo y los privilegios de Repsol, le importan un rábano en el día a día de sus actuaciones
Ya está bien de tanto teatro y de tanta sumisión ante los grandes. Lo que necesitamos en España no son precisamente repsoles que se dediquen a ganar dinero a espuertas en Argentina y otros países a base de mal explotar sus recursos, de evadir impuestos y expatriar beneficios a paraísos fiscales, sino un gobierno digno que se plante ante quienes de verdad están llevando a la ruina a la economía española.
La nacionalización de YPF (I): “Nuestras empresas” y la “seguridad jurídica” Pedro Ramiro OMAL Observatorio de Multinacionales en América Latina.
¿Son Repsol y otras corporaciones transnacionales como Telefónica, BBVA o Iberdrola “nuestras empresas”? En la última década, hemos visto cómo en muchas ocasiones los principales medios de comunicación y los gobernantes españoles se referían así a las grandes corporaciones cuya sede central se encuentra en el Estado español: «Nuestras empresas están en América Latina para quedarse, se trata de una apuesta de Estado que no tiene marcha atrás», decían desde el gobierno de Zapatero hace tres años. Y es que, según el discurso oficial, la internacionalización de “nuestras multinacionales” es una de las principales fuentes de riqueza para este país. En base a ese argumento, habría que defenderlas por encima de todo y dar por sentada la máxima de que «lo que es bueno para ‘nuestras empresas’ es bueno para la población española».
Por citar sólo un dato: Antonio Brufau, presidente de Repsol, recibió una retribución por el desempeño de su cargo de 7,08 millones de euros en 2011.
Repsol ha sido acusada de operar en 17 resguardos indígenas en Bolivia, contaminar el territorio mapuche en Argentina y el Parque Nacional Yasuni en Ecuador, violar los derechos humanos en Colombia y, en el caso de Argentina, la compañía ha causado importantes y persistentes impactos sobre el ambiente, la vida y la cultura de sus habitantes, en especial de las comunidades indígenas en cuyos territorios opera. Además, con el apoyo de los organismos internacionales, Repsol obtuvo una posición de absoluto control de la energía que ha aprovechado para implementar una infraestructura que ha favorecido el uso irracional de los recursos; la empresa elevó las tarifas del mercado argentino a los precios internacionales, olvidando sus costos y dejando a grandes sectores de la población sin posibilidad de acceder a la energía. ¿Puede hablarse así de “desarrollo”?
Petróleo y mineria: como una maestra jardinera
Editorial Le Monde Diplomatique Sudamérica Abril 2012
YPF-Repsol y la guerra de los tahúres. Carlos Abel Juárez, María Julia Bertomeu, G. Buster, – miembros del Comité de Redacción de Sin Permiso -, y Antoni Domènech, Editor General. Sin Permiso 16-4-12
El conflicto por el 24,55% de las acciones en juego de Repsol en YPF puede acabar afectando no solo al conjunto de la inversión española en Argentina, sino también en toda America Latina. El síndrome de la “seguridad jurídica” de la derecha española surge directamente de su experiencia traumática de la crisis argentina de 2001, cuando frente a la intervención de la banca española en Argentina, Aznar solo pudo recurrir a la presión de EE UU, ante la incapacidad de reacción de la UE: eso, y no otra cosa, es lo que propició el giro “atlantista” que desembocó en la foto de las Azores, la participación en la Guerra de Irak y la manifiesta displicencia hacia el núcleo de la “vieja Europa”.
YPF, un hostigamiento por motivos políticos, no técnicos. Mariano Marzo.El País 5-4-12
Sin duda, desde una perspectiva técnica, el contencioso suscitado en torno a YPF debe analizarse en el contexto de la metamorfosis energética acaecida en Argentina en los últimos años. Entre 2002 y 2010 el país ha experimentado un crecimiento del PIB del 8% anual, favorecido por unos precios de los productos energéticos en general, y de los productos petrolíferos y del gas natural en particular, artificialmente bajos. En el transcurso del período citado, la tasa anual de crecimiento de la demanda de productos energéticos ha sido muy alta: 5% para la electricidad, 4% para el gas oil, 7% para las gasolinas y 4% para el gas natural.
La “Marca España” es la “Marca REPSOL” (y viceversa) Miguel Romero. Viento Sur.
Ecologistas en Acción se muestra favorable a la expropiación el 50’01% de las acciones de YPF por parte del Gobierno argentino a costa del 57’46% que le pertenecen a Repsol. Este es un paso necesario en el avance hacia un mundo post-petrolero más justo.
Ecologistas en Acción considera que es imposible avanzar hacia un mundo post-petrolero mientras el control de los campos y de la actividad petrolera esté en manos de empresas privadas. De este modo, el control público que una empresa como YPF es un paso adelante.
Por último, Repsol no es una empresa “española”, sino que es una empresa de sus accionistas. No existe ningún control público sobre sus actividades, ni sus beneficios redundan en la ciudadanía española de forma significativa. Además el 42’00% de las acciones está en manos de fondos de inversión que no tienen su sede en España, a lo que hay que sumar el 9’48% que está en manos de Pemex. Es decir, más de un 50% de la compañía pertenece a personas o entidades radicadas en terceros países.
Para Ecologistas en Acción, la defensa de los intereses de Repsol por parte del Gobierno solo puede ser explicada por una visión colonialista de las relaciones internacionales y por la supeditación de las instituciones públicas a los intereses privados de las empresas, en este caso Repsol.
YPF, pasado y futuro. Nicolás Gadano, economista, autor de Historia del petróleo en Argentina (Edhasa).Le Monde Diplomatique Abril 2012
Más de la mitad de la propiedad de Repsol es extranjera y además es la segunda empresa española con más presencia en paraísos fiscales (12 filiales en las Islas Caimán y una en Liberia). ¿Es esto una empresa “española”, como para que merezca las amenazas tan flagrantes del gobierno español al gobierno argentino, por una amenaza de retrocesión de una privatización previa que muchos juzgaron escandalosa y vendepatria por parte del gobierno argentino de Eduardo Menem?
Hace ya tiempo que nos expropiaron Repsol; concretamente entre 1989 y 1997, cuando Felipe González y Aznar se la quitaron de encima vendiéndola al peso. Tal sucedió con otras importantes empresas de sectores estratégicos, como Telefónica o Endesa, todos imperios boyantes que obtienen cada año beneficios de miles de millones que no acaban en las arcas públicas
Ver “conflictos-abusos” de Repsol en el mundo entero en:
EL PP anuncia que la reforma sanitaria puede tocar todo
Publico : El PP avisa que la reforma sanitartia puede tocar todo.
El País: Guindos anuncia nuevas refromas en sanidad y educación.
El Periodico:El PP anuncia que la sanidad pública necesita “un buen tiempo en la uci”.
¿Qué pretenden, qué quieren conseguir?
Pues traspasar a su propiedad privada dos de los mecanismos claves para la equidad, las dos cosas a las que los humanos, respirar, beber, comer y procrear al margen, no renunciaremos nunca: salud para vivir, educación para vivir mejor en el futuro. Ellos, los oscuros mercados, saben que pagaremos por tenerlas porque no hay futuro sin salud ni educación. ¿Les permitiremos que se las apropien con el único objetivo de acumular riqueza a costa de los derechos sociales de la mayoría? Aceptaremos convertirnos – aún más – en objetos de negocio?
En la página 40 de su edición del miércoles 14 de marzo, el diario El País incluía una espectacular página de publicidad en color. Sobre un fondo verde, la palabra Cáncer aparecía tachada en rojo. Es el logo de la mayor transnacional médica mundial especializada en cáncer: el MD Anderson Cáncer (tachado) Center. Debajo dos titulares: “Solo tenemos un objetivo: Vencer al cáncer”. “Juntos venceremos al cáncer”.
¿Dónde está el negocio?
Por una parte, sin duda, en el miedo que inspira el cáncer, asociado en el imaginario y en la experiencia de la sociedad al sufrimiento y a la muerte. Cuando la evolución de la enfermedad alcanza los niveles de alto riesgo, incluso personas de recursos modestos pueden invertir sus bienes y ahorros, y los de sus familias, persiguiendo la última esperanza de quienes se presentan, con la cuidada ambigüedad del lenguaje publicitario, como una institución capaz de “tachar” al cáncer.
Pero esto no es suficiente: la clave del negocio en países son sistemas potentes de sanidad pública está en colonizar el sistema público. Para ello, un primer paso se da desde dentro, dejando actuar a la sobresaturación que crece en progresión geométrica de los departamentos de oncología, atendidos en condiciones tan ejemplares, como crecientemente inmanejables por un personal sanitario desbordado.
El gobierno del humo. Augusto Klappenbach, filósofo y escrito
La vida económica avanza hacia la abstracción. En sus comienzos, el valor residía en los objetos –un terreno, una oveja, un arado-, luego vinieron las monedas, luego el papel moneda y finalmente las transacciones electrónicas, que viven en las tripas de los ordenadores despojadas de toda materialidad. El problema consiste en que el poder político ha seguido, durante las últimas décadas, un proceso de debilitamiento paralelo. De tal modo que el esfuerzo de varios siglos por establecer un régimen democrático que, pese a sus imperfecciones, pretende situar la soberanía en la voluntad de los ciudadanos se ve obligado a abandonar esas aspiraciones: el poder político debe ceder a los mercados financieros la gestión de la vida económica.
Rafael Poch, Diario de Berlín. La Vanguardia 1-4-12
El Directorio europeo tiene miedo. La democracia y la protesta son su pesadilla
España ha llegado a la situación de Grecia en 2010. A partir de ahora una rápida bajada. Con su perspectiva griega de degeneración social para la mayoría, sus millones de parados, su juventud sin futuro, sus mayores más amenazados que nunca, en pensiones y puestos de trabajo de libre despido, reúne condiciones para que tome fuerza su 15-M cívico-laboral. Por eso está en el punto de mira. El Directorio ya habla de intervención.
Resumiendo: combatieron una quiebra del sistema financiero inyectando dinero público, cuando la inyección creó deuda pública declararon que ésta –no la quiebra que la provocó- era el problema. Los bancos de Alemania y otros países del Norte que contribuyeron a la deuda privada del Sur europeo invirtiendo decenas de miles de millones de su superavit comercial en nuestras criminales fantasías inmobiliarias, redujeron un asunto claramente interrelacionado a un problema de “virtuosos y manirrotos”. Lo inaudito no ha sido el patoso y descarado nacionalismo alemán en todo esto, sino el servilismo y vasallaje de los políticos del Sur ante ese discurso. A continuación, para atajar todo ese embrollo de deuda aplicaron recorte social a los de abajo con la misma filosofía que condujo a la quiebra original.
A la oligarquía no le gusta que se diga ni se sepa, pero la Crisis Energética asoma la patita.
Nuestro futuro energético: Recogido por Crisis Energética y publicado por el Grupo de Energía y Dinámica de Sistemas de la Universidad de Valladolid
El panorama que se ve desde arriba nos lanza un mensaje muy claro: esto no puede seguir como hasta ahora. No es el mensaje de siempre, no sólo decimos que esto no “debe” seguir porque es perjudicial para el planeta. No. Decimos, simplemente, que nuestros datos muestran que no vamos a continuar por este camino, no es posible. No tenemos petróleo para continuar con el crecimiento económico y los patrones de consumo de las últimas décadas.
Esta información ha sido elaborada por Ramón Muñoz, J. A. Aunión, Carmen Morán, María Sahuquillo y Charo Nogueira.
“Impulsaremos la extensión de la educación infantil de cero a tres años para satisfacer las necesidades de conciliación por parte de las familias”, decía el programa electoral del PP. Lejos de hacer eso, el Ministerio de Educaciónha eliminado el programa que desde 2008 estaba destinado a crear plazas para menores de tres años, Educa3, que el año pasado contó con un presupuesto de 100 millones de euros —tenía que renovarse en 2012 y no va a ocurrir—.
En el Parlamento español, durante la tramitación del denominado proyecto de ley contra el blanqueo de capitales en la primavera de 2003, se adoptó el acuerdo de eximir de tributación los beneficios obtenidos por las sociedades filiales de la banca española en paraísos fiscales, en el caso de las emisiones de participaciones preferentes o acciones sin voto y permitiendo la retroactividad de la exención de sus remuneraciones que tendrían la consideración de gasto deducible. (El PAÍS 28/04/03)” El gobierno Aznar de entonces fue aún más lejos, abriendo además el camino para las estafas bancarias posteriores a jubilados y pequeños ahorradores mediante las popularizadas participaciones preferentes. Por no mencionar la tolerancia española con la evasión fiscal vía paraísos financieros, como se denunciaba recientemente en elprograma futuro abierto de RNE.
Andrés Villena, economista e investigador en Ciencias Sociales por la Universidad de Málaga. Público 21-3-12
Que la nueva ley que regula las relaciones en el puesto de trabajo tiene sentido en el mundo actual es algo que salta a la vista si se analiza el contexto político, económico y social del momento en el que ha sido puesta en marcha: vivimos en una época en la que el empleo ya no es solo un objetivo inalcanzable para nuestras autoridades, sino que no es ni siquiera deseable: aunque se diga lo contrario, las prioridades económicas son bien distintas.
Estas últimas décadas han visto pasar muchos acontecimientos, pero sobre todo han presenciado lo que el sociólogo francés Alain Touraine ha denominado “el fin de la sociedad para sí misma”, la quiebra de un modelo económico que, en definitiva, necesitaba del ciudadano-empleado-consumidor para que el beneficio continuara maximizándose a buen ritmo. Por ello, el paro -no la inflación- pasó a ser el principal enemigo en Europa durante cerca de treinta años (1945-1975), con España, Portugal y Grecia -los tres países que peor están ahora en la zona euro, casualidades de la vida…- como sonadas excepciones.
La sociedad para sí, fundada bajo el denominado consenso keynesiano-fordista, tenía al trabajador como su centro: el ciudadano -normalmente un varón abastecedor de la familia- necesitaba un buen salario, no solo para seguir trabajando, sino también para mantener un poder adquisitivo que permitiera que las distintas empresas que satisfacían su deseo de compra continuaran vendiendo. El consumo aumentó y a ello contribuyó el hecho de que tanto los servicios públicos como la Seguridad Social ahorraran a las familias una serie de gastos que de otro modo hubieran sido los más importantes. El empleo creaba más empleo: más gente consumiendo y comprando suponía el nacimiento de nuevos productos y más personas dedicadas a prestar servicios de ocio, recreo, etc.
Las necesidades se multiplicaron milagrosamente, pero todo parecía marchar viento en popa. Una nota cultural para describir el punto de vista de aquella época: para el Estado, el delincuente no era precisamente un malhechor: se trataba de una persona desintegrada de una sociedad que debía rehabilitarle lo antes posible para que continuara adquiriendo productos. El Frank Capra de “Qué bello es vivir” se alzaba victorioso bastantes años después de su estreno.
Eran, como podemos ver, momentos de seguridad económica y materialismo -el primer coche, la televisión, etc.-, que pocos años después los hippies contraculturales comenzaron a despreciar, víctimas de un optimismo antropológico que se quebró en el mayo de 1968: aquella especie de salto en el tiempo -un paso infinito hacia una sociedad de iguales, un cielo en la tierra…- no fue más que un simulacro de la realidad, un espejismo, un ensayo de revolución para una clase media que pronto comenzó a ver que el futuro se parecía cada vez más a un pasado que no habían conocido siquiera. El esquema del pleno empleo comenzó a resquebrajarse cuando el precio del petróleo, la inflación generalizada y las oscilaciones monetarias amenazaron la supervivencia del capitalismo. El socialismo pareció momentáneamente posible: caían dictaduras fascistas, la URSS aparentaba cierta fuerza y no acusaba la crisis, los laboristas y socialistas franceses anunciaban un enorme plan de nacionalizaciones…
Sin embargo, en pocos años se produjo la revolución más silenciosa y exitosa que podamos recordar: los principales bancos centrales de los países avanzados multiplicaron los tipos de interés para combatir la inflación. La crisis de crédito estalló -el préstamo se puso muy caro- y comenzó a dejar en la calle a miles de personas. Los nuevos gobernantes en Occidente apoyaron planes de austeridad que estancaron la demanda, el consumo y el empleo; los sindicatos se quedaron desarmados; al mismo tiempo, los chinos declaraban sus “zonas de libre comercio”, fábricas sin derechos laborales a las que las multinacionales -apoyadas por los Estados- acudieron voraces en busca de la parte de la tarta que les había faltado durante décadas. Era la llegada de la era de la información, de los servicios y del empleo flexible. Eufemismos para evitar decir que ya no había vuelta atrás.
Los empleos se recuperaron, pero ya no volvieron a ser los mismos: trabajo a tiempo parcial, contratos temporales, economía sumergida… El sociólogo alemán Ulrich Beck -en un país obsesionado con mantener la inflación baja- ya alertó de la “brasileñización de Occidente” en 1998, cuando a nadie les sonaban los minijobs: Alemania había decidido combatir el paro aumentando la precariedad y la pobreza, cualquier cosa valía para no salir en la estadística. Solo quedaba una pregunta: ¿quién consume ahora? La brecha entre la renta disponible y el poder adquisitivo necesario para ser un triunfador se cubrió mediante crédito. Igual que anteriormente el sistema necesitaba del empleado-trabajador, ahora regaló al individuo una tarjeta VISA reluciente. La burbuja comenzó a inflarse y pronto necesitó de cemento para aparentar “el fin de los ciclos económicos”. Y preferimos no enterarnos.
Una década perdida de construcción financiada con crédito alemán -el mismo que pide ahora su parte de vuelta- nos ha dejado lejísimos de poder competir en algo que no sea precios baratos. Con un 23% de paro -más de un 30% en regiones-naciones como Andalucía, por ejemplo-, el trabajador ya no ejerce un derecho: tiene un privilegio. Hablar de mercado laboral ya de por sí es una aberración, pues supone aceptar el paradigma social actual: que la oferta y la demanda determinan que el precio del empleado es bajísimo, al existir millones que estarían encantados de ser tiranizados por mucho menos dinero.
De ahí que se puedan encadenar contratos sin apenas cobrar y que pasen años sin que el empleado bien formado adquiera derechos. Los sindicatos, en su peor crisis, parecen reaccionarios al reivindicar algo que hemos aprendido a deplorar: más que trabajo fijo, estamos locos por tener una fuente de ingresos, aunque sea en negro. Y con esto los empresarios, subvencionados y mimados como los portadores de la marca España, harán maravillas durante los próximos años. “Ahora sí que sí”, reza un folleto de un curso para que estos propietarios y ejecutivos aprovechen los progresos de la última gran reforma.
¿Cuándo frenarán? ¿Nos daremos cuenta de que una enferma de anorexia no consigue la belleza por ese camino? Lejos de Islandia, nos acercamos a la bulímica Grecia, que demuestra que los parches neoliberales solo están sirviendo para ganar tiempo: quien tiene que cobrar ha de hacerlo lo antes posible para pagar a unos terceros, que a su vez se apalancaron con unas hipotecas concedidas al primero que pasaba. La economía del endeudamiento, de la usura, es el modelo más insostenible de sociedad. Solo el miedo a la destrucción mutua asegurada -que nos declaremos todos en quiebra o, mejor, que nos descontemos las deudas- mantiene este sistema en un duerme-vela, en el que los medios de comunicación mienten diariamente, sabedores de tener una pistola detrás de la cabeza. Dan ganas de apagar la luz, la tele, lo que sea… y pasar a otra cosa. Al menos tendrían que enterarse de que por fin les hemos pillado la broma.
Título: ¿A qué se debe el gran aumento en los precios del petróleo? ¿“Pico del petróleo” o especulación en Wall Street?
Autor: F. William Engdahl, Global Research, 16 de marzo
Desde más o menos octubre del año pasado, el precio del petróleo crudo ha aumentado violentamente en los mercados de futuros del mundo. Diferentes personas tienen explicaciones diferentes. La más común es la creencia en los mercados financieros en que una guerra entre Israel e Irán o EE.UU. e Irán, o de los tres países, es inminente. Otro campo argumenta que el precio aumenta inevitablemente porque el mundo ha pasado lo que llaman “el pico del petróleo” – el mundo en una imaginaria campana de Gauss (vea el gráfico anterior) en el cual la mitad de todas las reservas de petróleo conocidas del mundo han sido agotadas y el petróleo.
Las explicaciones relacionadas con el peligro de guerra y con el pico del petróleo estánequivocadas. Como en el astronómico aumento de precios en el verano de 2008 cuando el petróleo en mercados de futuros alcanzó brevemente 147 dólares por barril, el petróleo aumenta actualmente debido a la presión especulativa en los mercados de futuros de petróleo de los fondos de alto riesgo y de grandes bancos como Citigroup, JP Morgan Chase y sobre todo, Goldman Sachs, el banco que siempre está presente cuando se puede ganar mucho dinero con poco esfuerzo apostando a algo seguro. Reciben una generosa
ayuda de la agencia del gobierno de EE.UU. encargada de regular los derivados financieros, la Comisión del Comercio en Futuros sobre Mercancía de los Estados Unidos (CFTC).
Desde principios de octubre de 2011, hace unos seis meses, el precio de Futuros de Petróleo Crudo Brent en la bolsa ICE Futures ha aumentado de un poco menos de 100 dólares el barril a más de 126 dólares por barril, un aumento de más de un 25%. En 2009, el petróleo
costaba 30 dólares el barril. Sin embargo la demanda de petróleo crudo en todo el mundo no aumenta, sino más bien ha
disminuido en el mismo período. La Agencia Internacional de Energía (IEA) informa que el suministro de petróleo del mundo aumentó en 1,3 millones de barriles por día en los últimos tres meses de 2011 mientras la demanda mundial aumentó en un poco más de la
mitad de esa cifra durante el mismo período.
Un mundo sin petróleo fácil. Michael T. Klare, Klare es profesor de estudios por la paz y la seguridad mundial en el Hampshire College y colaborador habitual de TomDispatch.
Los precios del petróleo son ahora más altos que nunca, exceptuando varios momentos frenéticos que se produjeron antes del colapso económico mundial de 2008. Muchos factores inmediatos están contribuyendo a ese incremento de los precios, incluidas las amenazas de Irán de bloquear el transporte marítimo del petróleo en el Golfo Pérsico, los temores a una nueva guerra en el Oriente Medio y la agitación que vive Nigeria, un país rico en petróleo. Algunas de estas presiones podrían debilitarse en los próximos meses, proporcionando un alivio temporal a los surtidores de las gasolineras. Pero la causa principal de los altos precios –una transformación fundamental en la estructura de la industria petrolera- no pueden cambiarse y por esa razón los precios del petróleo están condenados a seguir siendo altos durante un largo tiempo.
En términos energéticos, estamos entrando ahora en un mundo cuya aciaga naturaleza todavía no comprendemos bien. Este cambio fundamental ha venido dado por la desaparición del petróleo relativamente accesible y barato, el “petróleo fácil”, en la terminología utilizada por los analistas de la industria; es decir, el tipo de petróleo que permitió una expansión sorprendente de la riqueza global durante los últimos 65 años y la creación de innumerables comunidades suburbanas basadas en el automóvil. Ese petróleo casi ha desaparecido.
El mundo alberga aún grandes reservas de petróleo, pero resultan difíciles de alcanzar, difíciles de refinar, porque pertenecen a la variedad “petróleo difícil”. A partir de ahora, cada barril que consumamos será aún más costoso de extraer, más costoso de refinar y mucho más caro en las gasolineras.
Todos esos que afirman que el mundo sigue estando “inundado” de petróleo tienen razón a nivel técnico: el planeta alberga todavía reservas inmensas de petróleo. Pero a los propagandistas de la industria petrolera se les olvida subrayar que no todas las reservas de petróleo son iguales: algunas están situadas cerca de la superficie o cerca de la costa y se encuentran en rocas porosas y blandas; otras están situadas en el profundo subsuelo, lejos de la costa o atrapadas en duras formaciones rocosas. Los primeros lugares son fáciles de explotar y producen un combustible líquido que puede fácilmente refinarse en líquidos utilizables; las segundas reservas solo pueden explotarse mediante técnicas costosas y medioambientalmente arriesgadas y, a menudo, acaban convirtiéndose en un producto que debe procesarse de forma compleja antes de poder empezar a refinarlo. La sencilla verdad es esta: la mayor parte de las reservas fáciles de petróleo del mundo están ya agotadas, excepto las que se encuentran en países asolados por la guerra como Iraq. Prácticamente todo el petróleo que queda se halla en reservas sólidas difíciles de alcanzar. Entre estas últimas podríamos incluir el petróleo que se encuentra en las profundidades marinas lejos de la costa, el petróleo del Ártico y el petróleo de esquisto bituminoso, además de las “arenas petrolíferas” de Canadá, que no están compuestas en absoluto de petróleo, sino de fango, arena y betún parecido al alquitrán. Las llamadas reservas no convencionales de ese tipo pueden explotarse pero a un precio a menudo escandaloso, no solo en dólares sino también en daños al medio ambiente.
En el negocio petrolero, el presidente y director ejecutivo de Chevron, David O’Reilly, fue el primero en reconocer esta realidad en una carta publicada en 2005 en muchos periódicos estadounidenses. “Una cosa está clara”, escribió, “que la era del petróleo fácil se ha acabado”. No solo están agotándose muchos de los campos petrolíferos, señalaba, sino que “los nuevos descubrimientos energéticos se están produciendo principalmente en lugares donde los recursos son difíciles de extraer a nivel tanto físico como económico e incluso políticamente”.
La Agencia Internacional de la Energía (AIE) proporcionó en 2010 nuevas pruebas de este cambio en una revisión de las prospecciones petrolíferas mundiales. Al preparar el informe, la Agencia examinó las reservas históricas en los mayores campos productivos del mundo: el “petróleo fácil” del que el mundo aún depende para la mayor parte de sus necesidades energéticas. Los resultados fueron impactantes: se esperaba que esos campos perdieran las tres cuartas partes de su capacidad productiva en los próximos 25 años, perdiéndose 52 millones de barriles al día de los suministros petrolíferos del planeta, es decir, alrededor del 75% de la actual producción mundial de crudo. Las implicaciones eran sorprendentes: o se encontraba petróleo nuevo para sustituir esos 52 millones de barriles o la Edad del Petróleo llegaría pronto a su fin y la economía mundial se vendría abajo.
Desde luego, como dejó claro la AIE en 2010, habrá petróleo nuevo, pero solo de la variedad difícil que nos hará pagar un duro precio a todos nosotros y también al planeta. Para comprender bien las implicaciones de nuestra creciente dependencia del petróleo difícil, merece la pena hacer una gira relámpago por algunos de los lugares más espeluznantes y dañados de la Tierra. Así pues, abróchense los cinturones: primero, salimos hacia el mar –allá vamos – para investigar el “prometedor” nuevo mundo del petróleo del siglo XXI.
Petróleo en aguas profundas
Las compañías petroleras han estado durante un tiempo llevando a cabo perforaciones en zonas de alta mar, especialmente en el Golfo de México y el Mar Caspio. Sin embargo, hasta hace poco, esos esfuerzos tenían lugar invariablemente en aguas relativamente poco profundas –a lo sumo, varios cientos de pies- lo que permitía que las compañías petroleras utilizaran perforadoras montadas sobre embarcaderos extendidos. Pero la perforación en aguas profundas, en profundidades que superan los 1.000 pies, es un tema muy distinto. Necesita plataformas de perforación especializadas, sofisticadas e inmensamente costosas cuya preparación puede alcanzar miles de millones de dólares.
El Deepwater Horizon, que quedó destruido en el Golfo de México en abril de 2010 como consecuencia de una explosión, es un ejemplo bastante típico de este fenómeno. El navío fue construido en 2001 y costó alrededor de 500 millones de dólares y un millón de dólares al día en equipo y mantenimiento. En parte como consecuencia de estos altos costes, BP tenía prisa en acabar de trabajar en su malhadado pozo de Macondo y mover el Deepwater Horizon a otro lugar de perforación. Muchos analistas creen que esas consideraciones financieras explican la prisa con la que la tripulación del navío selló el pozo, provocando una fuga de gases que produjeron la consiguiente explosión. BP tendrá ahora que pagar alrededor de 30.000 millones de dólares más para satisfacer todas las reclamaciones por el daño causado por el derrame masivo de petróleo.
Tras el desastre, la administración Obama impuso una prohibición temporal a las perforaciones mar adentro. Pero apenas dos años después, las perforaciones en las aguas profundas del Golfo han vuelto de nuevo a los niveles anteriores al desastre. El Presidente Obama ha firmado también un acuerdo con México para que permita las perforaciones en la parte más profunda del Golfo, a lo largo de la frontera marítima entre EEUU y México.
Mientras tanto, en otros lugares las perforaciones en aguas profundas se aceleran a toda marcha. Por ejemplo, Brasil se está moviendo para explotar sus campos “pre-sal” (denominados así porque se encuentran bajo una capa de sal movediza) en las aguas del Océano Atlántico, lejos de la costa de Río de Janeiro. Nuevos campos mar adentro están también desarrollándose de forma parecida en las aguas profundas frente a Gana, Sierra Leona y Liberia.
El analista de la energía John Westwood dice que, en 2020, esos campos situados en aguas profundas suministrarán el 10% del petróleo del mundo, desde solo el 1% en 1955. Pero esa producción añadida no será barata: desarrollar la mayor parte de esos campos nuevos costará decenas o cientos de miles de millones de dólares, y solo serán rentables mientras el petróleo se siga vendiendo a 90$ o más el barril.
Los campos situados en las aguas profundas de Brasil, considerados por algunos expertos el más prometedor descubrimiento de este siglo, serán especialmente caros porque se encuentran por debajo de una milla y media de agua y dos millas y media de arena, roca y sal. Será necesario el más avanzado y costoso equipamiento de perforación, parte del cual todavía está pendiente de desarrollarse. Petrobras, la firma energética bajo control estatal, ha comprometido ya 53.000 millones de dólares en el proyecto para el período 2011-2015, y la mayoría de los analistas creen que tan solo supondrá un modesto pago inicial en el sorprendente coste final.
El petróleo del Ártico
Se espera que el Ártico proporcione una porción importante del suministro de petróleo del mundo futuro. Hasta muy recientemente, la producción que se podía obtener en el lejano norte era muy limitada. Aparte del área de la Bahía de Prudhoe, en Alaska, y una serie de campos en Siberia, las compañías más importantes habían dado bastante de lado la región. Pero ahora, al ver las escasas opciones existentes, están preparándose para incursiones más importantes en un Ártico en deshielo.
Desde cualquier perspectiva, el Ártico es el último lugar donde alguien querría ir a perforar para obtener petróleo. Las tormentas son frecuentes y las temperaturas en invierno terroríficas. Los equipos normales no pueden trabajar en esas condiciones. Es necesario sustituirlos por materiales muy especializados y costosos. Los equipos de trabajadores no pueden vivir mucho tiempo allí. Y es preciso traer desde muy lejos, desde miles de kilómetros y a un coste desorbitado, los más básicos suministros de alimento, combustible y materiales de construcción.
Pero el Ártico tiene también su atractivo: para ser exactos, miles de millones de barriles de petróleo sin explorar. Según US Geological Survey (USGS), el área norte del Círculo Ártico, con solo el 6% de la superficie del planeta, contiene alrededor del 13% del petróleo que queda (y una porción aún mayor de gas natural sin desarrollar, cifras que ninguna otra región puede igualar).
Con muy pocos lugares a donde ir, las principales compañías energéticas están ahora preparandose para hacer acopio de energía y explotar las riquezas del Ártico. Se espera que este verano la Royal Dutch Shell empiece a hacer perforaciones en zonas de los Mares de Beaufort y Chukchi, adyacentes al norte de Alaska. (La administración Obama debe aún concederles los últimos permisos para llevar a cabo esas actividades, pero se espera que finalmente dé el visto bueno).
Al mismo tiempo, Statoil y otras firmas están planeando extensas perforaciones en el Mar de Baring, al norte de Noruega.
Con todos esos escenarios energéticos extremos, incrementar la producción en el Ártico encarecerá los costes operativos de las compañías petroleras. Shell, por ejemplo, ha gastado ya 4.000 millones de dólares solo en los preparativos para pruebas de perforación en aguas de Alaska sin haber producido ni un solo barril de petróleo. El desarrollo a escala total de esa región, tan ecológicamente frágil, al que se oponen ferozmente los ecologistas y los pueblos nativos, multiplicará esa cifra muchas veces.
Las arenas de alquitrán y el petróleo difícil
Se espera que otra porción importante de los futuros suministros mundiales de petróleo venga de las arenas de alquitrán canadiense (también llamadas “arenas bituminosas”) y el petróleo extrapesado de Venezuela. Nada de eso es petróleo según lo que normalmen te entendemos por tal. Al no ser el estado líquido su estado natural, no puede extraerse por los métodos tradicionales de perforación aunque existe de forma abundante. Según USGS, las arenas bituminosas de Canadá contienen el equivalente a 1.700 billones de barriles de petróleo convencional (líquido), mientras se dice que los depósitos de petróleo pesado de Venezuela albergan otro billón de barriles de petróleo equivalente, aunque no todo este material es “recuperable” con la tecnología existente.
Quienes afirman que la Edad del Petróleo está lejos de acabarse, señalan a menudo hacia estas reservas como prueba de que el mundo puede aún aprovechar inmensos suministros de combustibles fósiles sin explotar. Y puede ciertamente concebirse que, con la aplicación de tecnologías avanzadas y con la más absoluta de las indiferencias ante las consecuencias medioambientales, podrán cosecharse en efecto tales recursos. Pero no se trata ya de petróleo fácil.
Hasta ahora se habían obtenido las arenas bituminosas de Canadá a través de un proceso parecido a la minería a cielo abierto, utilizando excavadoras monstruosas para obtener tales arenas en la rica provincia de Alberta, arenas que ya están agotadas, lo que significa que todas las futuras extracciones requerirán de procesos mucho más complejos y costosos.
Se hará necesario inyectar vapor en las concentraciones profundas para derretir el betún y que pueda extraerse mediante bombas enormes. Esto requiere de una inversión colosal en infraestructuras y energía, así como la construcción de instalaciones para el tratamiento de todos los deshechos tóxicos resultantes. Según el Instituto de la Investigación de la Energía de Canadá, el desarrollo total de las arenas bituminosas de Alberta necesitará de una inversión mínima de 218.000 millones de dólares durante los próximos 25 años, y ahí no se incluiría el coste de la construcción de oleoductos hasta EEUU (como el propuesto Keystone XL) para su procesamiento en los refinerías estadounidenses.
El desarrollo del petróleo pesado de Venezuela requerirá de inversiones a una escala comparable. Se cree que el cinturón del Orinoco, una concentración especialmente densa de petróleo pesado contiguo al río Orinoco, contiene reservas recuperables de 513.000 millones de barriles de petróleo, quizá la mayor fuente de petróleo sin explotar en el planeta. Pero convertir esta forma de betún, que parece melaza, en un líquido utilizable supera con mucho la capacidad técnica o los recursos financieros de la compañía petrolera estatal. En consecuencia, Petróleos de Venezuela SA está ahora buscando socios extranjeros dispuestos a invertir los 10.000-20.000 millones de dólares necesarios solo para constr uir las instalaciones básicas.
Los costes ocultos
Son esas reservas de petróleo difícil las que podrían proporcionar la mayor parte del petróleo nuevo del mundo en los próximos años. Pero hay una cosa muy clara: aunque esas reservas pudieran sustituir en nuestras vidas al petróleo fácil, el coste de todo lo relativo al petróleo, ya sea el bombeo de gas, los productos basados en el petróleo, los fertilizantes, todo aquello en lo que se basa nuestra vida, subirá enormemente. Vayan haciéndose a la idea. Si las cosas siguen discurriendo como se ha planeado hasta ahora, estaremos endeudados con las grandes petroleras durante décadas.
Y esos son solo los costes más obvios en una situación en la que abundan los costes ocultos, especialmente para el medio ambiente. Al igual que en el desastre del Deepwater Horizon, la extracción de petróleo en aguas profundas en mar abierto y otros lugares geográficamente extremos supondrá mayores riesgos para el medio ambiente. Después de todo, en el Golfo de México se vertieron cinco millones de galones de petróleo gracias a la negligencia de BP, causando enormes daños en la fauna marina y en los habitats costeros.
Tengan en mente que, aún con todo lo catastrófico que fue, la catástrofe se produjo en el Golfo de México, un espacio donde fue posible movilizar amplias fuerzas para las labores de limpieza y donde la capacidad de recuperación natural del ecosistema era fuerte. El Ártico y Groenlandia representan ambos una historia muy diferente, dada la distancia en que se hallan de las capacidades de recuperación establecidas y la vulnerabilidad extrema de sus ecosistemas. Los esfuerzos para recuperar esas zonas en caso de vertidos masivos de petróleo costarían muchas veces los 30.000-40.000 millones de dólares que se espera que BP pague por los daños del Deepwater Horizon, y sería mucho menos eficaz.
Además de todo lo anterior, muchos de los más prometedores campos de petróleo difícil están en Rusia, en la cuenca del Mar Caspio y en zonas conflictivas de África. Para poder operar en esas zonas, las compañías petroleras tendrán que enfrentarse no solo a los previsibles altos costes de extracción sino también a costes adicionales que supondrán sistemas locales de soborno y extorsión, sabotajes por parte de grupos guerrilleros y consecuencias de conflicto civil.
Y no olviden el coste final: Si todos esos barriles de petróleo y de sustancias similares al petróleo se producen realmente en los sitios menos atractivos del planeta, entonces, durante las próximas décadas vamos a seguir quemando combustibles fósiles de forma masiva creando más gases de efecto invernadero como si no existiera el mañana. Y aquí va ahora la triste verdad: Si seguimos adelante por la senda del petróleo difícil en vez de invertir masivamente en energías alternativas, ya podemos olvidarnos de evitar las consecuencias más catastróficas en un planeta cada vez más cálido y turbulento.
Así pues, sí, hay petróleo por ahí. Pero no lo vamos a conseguir más barato, no importa cuánto haya. Y sí, las compañías petroleras pueden obtenerlo, pero, si lo miramos de forma realista, ¿quién lo querría para sí a ese coste?
La dependencia del crudo multiplica el riego de accidentes. Mariano Marzo, catedrático de recursos energéticos de la Universidad de Barcelona.
Necesitaremos 20 millones de barriles de petróleo más cada día. Setiembre 2010.
El precio del petróleo en un futuro inmediato, está condicionado por la resolución de la crisis.
A partir de 100 dólares el barril la transferencia de liquidez de los países consumidores a los productores es tan alta, que pone en riesgo el futuro de la economía tal y como la conocemos: los productores podrían comprar cualquier empresa que se propusieran.
De hecho, entre 75 y 100 dólares barril la economía ya está en riesgo.
En todo caso, las proyecciones nos indican con suficiente certeza que hasta 2.030 necesitaremos incrementar en 20 millones el número de barriles para el consumo diario. En otras palabras, incrementaremos el consumo en 20 millones de barriles cada día.
Qué es el Procomún: Antonio Lafuente. (@alafuente) es investigador del Centro de Ciencias Humanas y Sociales (CSIC) en el área de estudios de la ciencia. 2011.
Esta noción dio un salto cualitativo cuando, en 2009, la economista norteamericana Elinor Ostrom recibió el premio Nobel de Economía por sus trabajos sobre los commons y, en particular, por su libro La gobernanza de los bienes comunes (4).
Desarrollo sostenible y la tragedia del procomún. Elinor Olstrom
Elinor Ostrom explica como a lo largo de la historia las personas se han organizado de manera comunal para gestionar y usar juntos recursos naturales de manera sostenible duante periodos de tiempo largos, creando una gran diversidad de instituciones que se corresponden con la complejidad y la diversidad de los ecosistemas de los que forman parte.
Los cuatro entornos del procomún. Antonio Lafuente,(@alafuente) es investigador del Centro de Ciencias Humanas y Sociales (CSIC) en el área de estudios de la ciencia. 2011.
Bastan unos minutos para entender la inmensa complejidad que tiene la noción de procomún. Disponemos de muchas definiciones aceptables, aunque las más frecuentes bordean de una u otra manera el problema de la propiedad y la teoría del valor. Cuando decimos que pertenece al procomún todo cuanto es de todos y de nadie a mismo tiempo estamos pensando en un bien sacado del mercado y que, en consecuencia, no se rige por sus reglas. Los procomunes no son asimilables a la noción de mercancía. Eso es lo que pasa también con el patrimonio, conformado por todos esos bienes (cuadros, libros, restos arqueológicos, y también rocas o plantas) que preservamos en los museos, las bibliotecas o los jardines botánicos. Pero hay muchos bienes que no caben en un edificio y a los que también hay que otorgar la condición de bien patrimonial, lo que equivale a definir jurídica y técnicamente sus bordes para poder protegerlos contra las prácticas abusivas, incluidas todas las formas de apropiación del bien para convertirlo en simple recurso. Estamos ahora aludiendo a los lugares de la memoria (el yacimiento de Atapuerca, el oratorio de San Felipe en Cádiz o el campo de concentración de Auschwitz), pero también a los ríos, el folclore o los pájaros; es decir, bienes que ni siquiera tiene la condición de nacionales o, en otros términos, que ningún estado puede legislar en exclusiva sobre su naturaleza y preservación. Y siguiendo por esta línea llegamos a un inmenso paisaje que nos muestra la extrema diversidad de bienes sobre los que se asienta la posibilidad misma de una vida vivible y, entre ellos, sólo mencionaremos una cuantos para no convertir este texto en un aburrido catálogo de términos más o menos abstractos. Basta con mencionar el aire, la luz del Sol, la biodiversidad, el genoma, el ciclo de los nutrientes y espacio exterior. A los bienes naturales, tenemos que añadir un sinfín de bienes culturales como la ciencia, la democracia, la paz, la red internacional de alerta contra epidemias, la estabilidad financiera internacional, el conocimiento primitivo, el sistema de donación de órganos, las semillas o la gastronomía. Nada hemos dicho todavía del nuevo ámbito de actividad humana que se ensancha por Internet, basado en el espectacular desarrollo de las tecnologías de la información y las comunicaciones, pero inimaginable sin la proliferación de innovaciones que los propios usuarios han introducido. Ningún ejemplo es más claro para explicar cómo las tecnologías y las comunidades se coproducen de una forma tan sutil y profunda que el esfuerzo de distinguir entre los aspectos técnicos y los sociales sólo conduce a la melancolía.
No vamos, sin embargo, a continuar esta línea argumental. Lo que aquí nos interesa es subrayar cómo hemos ido apartándonos de la noción de propiedad para adentrarnos en la de comunidad. Y es que es imposible evitar lo que es obvio: el procomún, los bienes comunes -los commons, en inglés- sostienen y son sostenidos por colectivos humanos. Y, así, salimos de la economía y nos metemos en la antropología. La definición anterior de procomún es claramente insuficiente. De la ética de los valores hemos de transitar a la de las capacidades si queremos entender cómo es la dinámica de producción del procomún, pues un bien común no es más que una estrategia exitosa de construcción de capacidades para un colectivo humano. A nadie sorprenderá entonces que estemos hablando de bienes compartidos cuya circulación está regulada por la economía del don
(Benkler, 2006).
Al hablar de la polinización de las plantas como un bien común, se plantea el interrogante de si podría ser de otra manera. Nadie piensa en la órbita del planeta Tierra hasta que alguien disponga de la tecnología para modificarla y, entonces habrá que declararla un bien común. ¿Y la sensibilidad? Nos referimos a la capacidad para experimentar gozo ante un cuadro y un paisaje o dolor delante de la enfermedad o desgracia ajena. Si nos creemos que la polinización es un fenómeno natural comparable, por ejemplo, a las leyes de la gravitación universal o que los principios electrobioquímicos que regulan la miríada de interacciones neuronales son autónomas y no reprogramables, entonces podemos estar muy equivocados. Las nuevas tecnologías pueden alterar, directa o indirectamente, el sistema de orientación de las abejas o el funcionamiento del cerebro humano, al extremo de que lleguemos a considerar que está en peligro un bien que creíamos inagotable o inapropiable, como está pasando con el aire, las matemáticas, las calles o el folclore. Hay, en efecto, una profunda relación entre nuevas tecnologías y nuevos patrimonios, pues todos los días aparecen nuevas posibilidades de cercar o de abusar de un bien que sólo comenzamos a valorar cuando empieza a estar amenazado.
Si una empresa puede usar los mares o la atmósfera para echar la basura que produce y ahorrase los costes de una producción no contaminante o alguien descubre la manera de modificar los genes de alguna especie y patentar nuevas formas de vida, la humanidad en su conjunto tiene el derecho a sentirse amenazada y a reclamar la condición de procomún para el aire que respiramos y el genoma que la bioquímica, el tiempo y el azar nos han legado. Las comunidades que crean y son creadas por los nuevos procomunes son entonces comunidades de afectados que se movilizan para no renunciar a las capacidades que permitían a sus integrantes el pleno ejercicio de su condición de ciudadanos o, incluso, de seres vivos. Si la ética de los valores nos ayuda a entender los movimientos que están conduciendo a la formación de un tercer sector de la economía y del conocimiento distinto a los tradicionales privado y público, la ética de las capacidades nos permite avanzar en comprensión de cuáles son las políticas y las acciones a emprender (Sen, 1998; Nussbaum, 2007; Cortina, 2002).
Sería injusto no reconocer el papel del estado moderno, incluso en países con graves déficit democráticos, en la defensa de ciertos bienes que, como la salud, la educación y la justicia, son vertebrales en nuestra concepción de la política y el bienestar social. El sector público ha sido, en muchas casos, motor de la equidad y la libertad, actuando en defensa de los débiles, los trabajadores y los consumidores, por no mencionar su intervención en favor del medio ambiente y los derechos humanos. Negar, sin embargo, su implicación en las actividades más mezquinas y devastadoras, sería absurdo. Cuando vemos sus muchos titubeos y hasta dejación de responsabilidades en ámbitos como la paz, la alimentación, la biodiversidad o el conocimiento, no tenemos más remedio que admitir su incapacidad para resistir la presión de las grandes corporaciones industriales o financieras (Ostrom et al., 2002). Ya es redundante hablar de gobernanza, lo que no sólo implica ensanchar los ámbitos de la democracia, sino también un reconocimiento del fracaso de la tecnocracia en la gestión del mundo. Sin la presión de ese tercer sector que conforma el caleidoscopio de las ONG y los movimientos ciudadanos no habría freno para la barbarie manifiesta del capitalismo global (Bollier, 2002; Stiglitz, 2006; Barnes, 2003).
La constitución de este tercer sector como una especie de coalición de comunidades de afectados empoderadas choca de plano con la dificultad para reunir y visualizar el procomún. Y es que se trata, como hemos intentado mostrar, de un objeto extremadamente diverso, tanto si pensamos en las distintas escalas donde puede emerger (barrial, local, nacional, regional o global), como si nos detenemos a considerar la pluralidad de formas de gestionarlo, de actores involucrados, de regímenes jurídicos afectados o de tecnologías necesarias para sostenerlo. Admitiendo que semejante diversidad no debe ser vista como un problema sino, por el contrario, como un rasgo característico de la cornucopia que representan los bienes comunes, no queremos renunciar al intento de ofrecer una imagen que nos los muestre como un colorido tapiz de retales, un mosaico que exhiba y sostenga la abundancia, variedad y heterogeneidad que caracteriza el procomún.
Los cuatro entornos
Para la construcción del tapiz nos hemos inspirado en la noción de entorno que propusiera hace unos años Javier Echeverría para inscribir lo humano el mundo de las TIC, entendido como un sistema técnico que, además de ensamblar una constelación de tecnologías, conforma un sistema social en el que tenemos que aprender a adaptarnos (Echeverría, 1999). Y ciertamente este llamado tercer entorno, una propiedad emergente del sistema de las TIC, ha adquirido una presencia tan decisiva en nuestra vidas que merece un tratamiento antropológico comparable al que han recibido las otras dos grandes adaptaciones humanas en la historia: la que le ha permitido desarrollarse como ente conectado al territorio (el medioambiente) y la que lo convirtió en un ente conectado
a otras personas (la ciudad). El entorno digital adquiere así la misma relevancia antropológica, económica, y política que los historiadores y filósofos asignan el entorno natural y al urbano.
Hay un cuarto entorno que aquí quisiéramos sugerir como imprescindible para entender el despliegue de lo humano en el tiempo: el cuerpo, un ámbito irreductible a las leyes de la naturaleza o de la moral, y siempre resistente a los muchos intentos de convertirlo en una abstracción teológica, jurídica, médica, estadística o, genéricamente, biopolítica. El cuerpo no sólo es una maquinaria única capaz de procesar ingentes cantidades de información, ya sea que digiera alimentos, ya sea que capture luz o sonido exterior, por no mencionar todas las formas de extraer, modificar, almacenar, transportar y exhudar datos y estructuras, lo mismo da que hablemos de la bioquímica del agua contaminada, que de los procesos de fecundación y desarrollo de un embrión, sin olvidar, claro está, todo cuanto tiene que ver con el habla, las herramientas y las redes que fabrica
y por las que he fabricado. El cuerpo enfermo y el cuerpo gozoso no son naturaleza, ni tampoco cultura, sino otro entorno al que remitir y en donde contrastar lo que (nos) pasa.
El cuerpo, en definitiva, es el sensor que alerta de la existencia de sustancias contaminantes u otras amenazas para su integridad, sin ser una máquina que responda en todos los humanos de forma homogénea ni unánime, aún cuando estemos hablando de cuerpos extendidos o mediados por la tecnología (Ihde, 2004). Su especificidad es un escándalo, un lugar estratégico abierto a las contingencias, resistente a las formalizaciones y siempre amenazado por las múltiples normas, prohibiciones, discursos que intentan contener su realidad inabarcable, que tratan de descorporeizarlo
(disembodiment) (Val, 2006).
Si la vida se ha desplegado en los cuatro entornos mencionados, también será necesario defender en cada uno un conjunto de bienes comunes que garanticen su sostenimiento dentro de unos márgenes mínimos de dignidad y libertad. Con ánimo de concretar algo y reconocer los distintos niveles de complejidad que vertebran los procomunes en cada entorno, hemos elaborado un artefacto conceptual que en su versión más simple tiene el siguiente aspecto:
cuerpo
medioambiente
ciudad
digital
sensibilidad
corporalidad
biosfera
geosfera
doméstico
culturales
urbano
código
estructuras
Cuerpo
Los procomunes del cuerpo tiene que ver con el hecho de que en términos históricos nunca tuvo un propietario claro y siempre estuvo y sigue estando amenazado. Eso de que cada uno es dueño de su cuerpo es una idea o un derecho muy reciente. No sólo nos estamos refiriendo al largo recorrido de la esclavitud o a la multiplicidad de discursos que quieren someter su individualidad a los intereses de una comunidad religiosa, política o natural (étnica, médica o genética), sino también a la posibilidad cercana de que pueda manipularse nuestra sensibilidad u organizar un mercado floreciente con las partes separadas del cuerpo (embriones, tejidos u órganos).
Más aún, los datos clínicos o genéticos que resultan de las pruebas a las que somos sometidos cuando acudimos a un hospital, pertenecen en exclusiva, al igual que los órganos, al cuerpo de origen. Y, si por el motivo que sea, han de ser desagregados o separados, entonces debieran integrar el procomún.
Medioambiente
Este es el entorno más obvio, pero que sea fácil admitir nuestra extrema dependencia del medioambiente, no significa que los acuerdos para gestionarlo lleguen más deprisa. Las fuertes polémicas que seguimos manteniendo sobre el impacto de los residuos radioactivos o las emisiones crecientes de gases de efecto invernadero dan cuenta del largo camino que nos queda por recorrer, como también de la incapacidad de las instituciones públicas para buscar equilibrios tan necesarios como urgentes.
Cuando hablamos del clima, las selvas, el espacio exterior o la fotosíntesis percibimos la profunda dependencia que estos procomunes mantiene respecto de las nuevas tecnologías. Es difícil no ver la ciencia como el más poderoso mecanismo de fragmentación, modularización y, sin solución de continuidad, mercantilización y privatización de la naturaleza (Ridgeway, 2004). A tal extremo, que muchos bienes que se consideraban inagotables han comenzado a estar amenazados y ser sustraibles (subtractability), es decir agotables y, lo peor es que como explicó Ostrom (1999), siempre es extremadamente costoso restringir el libre acceso/uso a los abusones (polizontes, free-riders).
Hoy que es tan fácil citar negocios que incorporan altas dosis de conocimiento científico, no necesitamos extendernos sobre la importancia que tienen las patentes (principal mecanismo de declarar excluible un bien) en el desarrollo espectacular de la industria de las prótesis (químicas, genéticas, electrónicas o mecánicas) y la producción de quimeras en el ámbito de la vida humana y no humana. Por supuesto que la discusión
sobre lo que puede o no puede ser patentado es importante, aún cuando aquí sólo queremos recordar que el procomún, los bienes comunes, no son un hecho objetivo, sino fruto de una decisión política necesariamente conectada a las tecnologías circulantes.
Ciudad
La adaptación a la urbe constituye la construcción de una segunda naturaleza que se escala en las diferentes formas de vida social, desde las más primitivas y reducidas (clanes y comunas) hasta las más abstractas y gigantescas (megalopolis y naciones). La naturaleza de la que hablamos es simbólica y se hace con todos los flujos de personas, palabras y mercancías que recorren las redes que sostiene la vida en común. Incluye las calles de nuestras ciudades, pero también las fiestas, las leyes, las semillas y el conocimiento, bienes que han sido producidos por la humanidad a lo largo del tiempo y que no pueden ser privatizados.
Vivir en sociedad ha dado origen a un sinfín de formas de organización que pueden describirse mediante un cuadro que muestre las jerarquías, dependencias y funciones de cada una de las partes que las conforman. Cuando se tiene a la vista el organigrama se puede ver la estructura maquínica de la vida humana, es decir, los automatismos con los que contamos para que las cosas funcionen. Pero hay algo que no puede captar un diagrama de flujos y que tiene que ver con las interacciones entre la gente, al margen de las que se dan entre actores humanos y no humanos. Esta parte informal de las relaciones, proliferativa y cotidiana, de baja intensidad y mucha densidad (Delgado, 2007), y que es esencial para que las cosas funcionen debería ser puesta en valor y considerada como un bien común construido entre todos que, en consecuencia, no pertenece a los jefes, ni a comité alguno de representantes. Desde luego no funciona como una instancia de poder (que siempre pueden ser captadas e integradas al cuadro) sino como el ámbito de lo común, de la capacidad común (Rancière, 2006).
Digital
La irrupción del movimiento que condujo al software libre y al copyleft, como también a la defensa de los estándares y los protocolos abiertos sigue siendo el motor de Internet o, en otros términos, la vis que mantiene el proyecto de una red concebida como un ámbito de libertades y no sólo un inmenso mercado. Pero es que además habiéndose reducido a prácticamente cero los costes de edición, copia, reproducción y transmisión de datos, el mundo del conocimiento y de la creación han sido sacudidos por profundos cambios que van a transformar para siempre la relación profesionales/aficionados, productores/consumidores y autores/públicos.
Las duras batallas por los derechos de propiedad intelectual o de patentes que están permitiendo que un sector pequeño de la población se apropie de lo que hasta ahora era considerado fruto de una creación colectiva e histórica, hace evidente la existencia entre los intelectuales y artistas de profundos movimientos resistencialistas frente a las nuevas tecnologías, así como la necesidad de abrir un debate sobre qué ámbitos de la cultura se pueden o no privatizar y qué nuevas prácticas de sociabilidad en red se pueden o no criminalizar.
Las anteriores consideraciones han sido elaboradas después de haber tomado la decisión de producir una imagen capaz de contener el procomún en su conjunto. Y, desde luego, el cuadro que presentamos aspira a mostrar de un golpe de vista la extraordinaria complejidad que tiene la trama que forman los bienes comunes. Fabricar una imagen, lo sabemos, no es una operación sin mucho riesgo e implica, al menos, dos decisiones delicadas: primero, asumir que el procomún puede hacerse visible como un ente externo y abstracto, al margen de las comunidades y los conflictos en los que está envuelto; segundo, ensanchar la naturaleza profundamente tecnológica del procomún, pues compartir una imagen de algo requiere una cadena de movilizaciones que incluyen procesos de fragmentación, modularización, simulación e inscripción en uno o varios media. Y sí, lo hacemos para dar nueva legitimidad a la reclamaciones sobre el procomún, sin ocultar la extremada complejidad de actores implicados. No en vano conocer algo siempre fue una operación que tiene mucho que ver con iluminar, desvelar, descubrir y, en definitiva, mostrar. En el régimen escópico característico del conocimiento en la modernidad sólo puede ser creíble lo que sea visible.
Bibliografía
Barnes; Peter (2003), Who Owns the Sky? Our Common Assets And the Future of
Capitalism, Washington: Island Press.
Benkler, Yohai (2006), The Wealth of Networks: how social production transforms markets
Un futuro deseable sin economía verde. Edgar Jaimes
El propósito ahora es insertar el concepto de la economía verde en el contexto del desarrollo sostenible y la erradicación de la pobreza, partiendo del supuesto que bajo esa visión socio-económico-política mejora el bienestar humano y la equidad social, a la vez que reduce los riesgos ambientales y las deficiencias ecológicas, porque sería un modelo productivo de emisiones de carbono, utilizaría los recursos de forma eficiente y sería socialmente incluyente. Pero es necesario recordar que las bases de este “nuevo” modelo económico se sustentan… en la “demanda y oferta de productos y servicios amigables que mejoran (?) el ambiente, protectores del bienestar humano”. Es decir, los mismos conceptos y parámetros de la vieja economía para una nueva estrategia económica y sobrevivir el devastador capitalismo unas cuantas décadas más. Y que la gente olvide que esas mismas premisas son la causa principal de crisis o amenazas como el cambio climático, la disminución de la biodiversidad, el aumento de emisiones de gases de efecto invernadero, la escasez y encarecimiento de la cesta agro-alimentaria, también del agua potable, del saneamiento ambiental y del colapso económico-financiero mundial, entre otros problemas.
El déficit como viaje a ninguna parte. Pedro Montes
El Gobierno engaña y confunde. Para justificar las duras medidas fiscales contrarias que ha tomado, además a su programa electoral, dice que son excepcionales y temporales, pero si todo empeora, como ocurre, no habrá condiciones para dar marcha atrás sino todo lo contrario: nuevas aumentos de impuestos (pero no para quienes más tienen que sería lo suyo) se justificarán por el lento avance en la corrección del déficit. El camino de los ajustes y recortes, vendiendo que son imprescindibles para remontar la crisis es contraproducente e inútil. Este viaje no lleva a ninguna parte, salvo para degradar continuamente la situación económica y social.
Se habla de déficits y deuda sin parar, pero la mayoría de quienes hablan no tiene ni idea. Hasta hoy, los presuntos “expertos” económicos se han equivocado una y otra vez sobre los efectos de los déficits públicos. Gran Bretaña, por ejemplo, ha tenido una deuda superior al 100% del PIB en 81 de los últimos 170 años. Cuando Keynes escribió sobre la necesidad de gastar para salir de una depresión, Gran Bretaña estaba más endeudada que cualquier país desarrollado hoy en día. De modo que, sí, la deuda es importante, pero en estos momentos necesitamos más gasto público, no menos, para salir de la trampa del desempleo.
La extrema derecha económica: Jordi Muixí, periodista. País 14-3-12
El circuito de esa EDE parece especialmente perverso: eliminación de regulaciones sociales, dismi nución de impuestos a la gente con mayores recursos, bendición de los paraísos fiscales, la corrupción y el fraude fiscal, rechazo de todo espacio público y desprestigio de la política. Desde Reagan a Clinton, desde Schröder a Merkel, desde Blair a Cameron o desde Aznar a Zapatero, todos parecen haberse arrodillado ante las exigencias de los mercados. En nombre del crecimiento ilimitado, dieron su apoyo incondicional a la economía especulativa desprestigiando la propia política y olvidando qué tipo de sociedad y qué tipo de progreso estaban potenciando.
Y aquí estamos, en un mundo narcotizado por el imperio de la codicia. Recordando a Erich Fromm, la cultura del tener desprecia los valores del ser. Así la EDE se encarga de recordar a quien fomente cualquier otro valor que no sea el del dinero (esfuerzo, responsabilidad, honestidad, cultura) que eso de los valores éticos (solidaridad, generosidad, sensibilidad, empatía) es cosa de ingenuos. ¿Esa es la sociedad que queremos?
La gran fuerza de esa EDE estriba en su convicción de que todos somos rehenes (con síndrome de Estocolmo) de la cultura hegemónica del dinero a la que hemos ayudado a contribuir con nuestras acciones o silencios. La EDE es consciente que con la adoración a la cultura del dinero abríamos la puerta al individualismo más feroz y al consumismo más voraz. Detrás de esa puerta se escondían impagos, frustraciones, depresiones, insolidaridad, vacío personal y, sobre todo, mucho miedo (hipotecas, desempleo, inseguridad). Y el miedo provoca parálisis personal y desmovilización social.
El miedo a la protesta: Julián Casanova, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza. País 10-3-12
Con un Gobierno tan convencido de su fuerza, de la bondad patriótica de sus políticas, y tan poco dispuesto a hacer concesiones, los sindicatos y movimientos sociales no podrán negociar, porque nada recibirían a cambio, y las protestas no podrán canalizarse a través de las instituciones y organizaciones ya establecidas. Frente a las políticas de desorden que surjan de ese escenario, el Estado, el Gobierno y los medios que los sustentan pedirán mano dura y acciones represivas de control social. Muchos ciudadanos se convertirán en súbditos y los trabajadores en clientes del capital, mientras que los sectores sociales más marginados y empobrecidos por la crisis económica achacarán a la democracia y a la política establecida el fracaso de un sistema que ya no les proporciona prosperidad material.
Quién está dañando a España. Vicenç Navarro, Catedrático de Políticas Públicas en la Universidad Pompeu Fabra. Público 15-3-12
La secretaria general del PP, la Sra. Maria Dolores de Cospedal, ha acusado a los sindicatos españoles de no ser patrióticos, al dañar a España convocando una huelga general. Tal acusación recuerda la definición que la dictadura franquista hacía de sus oponentes a los cuales llamaba “la anti-España”. Tal acusación refleja una enorme osadía y un gran desconocimiento del pasado y presente de nuestro país. Una representante del conservadurismo español debiera ser más cuidadosa en sus expresiones, porque existe evidencia contundente sobre el impacto negativo que el conservadurismo (que en el lenguaje popular se conoce como las derechas), tanto en su versión financiera y empresarial como política, ha tenido sobre el desarrollo económico y social de España.
Informe: las mujeres primero…… Finiquitando los derechos laborales.Sin Permiso 11-3-12
La (contra)reforma supone sacrificar el derecho de conciliaciónde la vida laboral con la familiar. La reforma facilita al máximo la flexibilidad de la jornada en interés de la empresa: la mayor facilidad que tienen las empresas para introducir modificaciones sustanciales en materia de jornada, la posibilidad de que la empresa pueda distribuir irregularmente un 5% de la jornada a lo largo del año. Cabe destacar la fuerte “desnaturalización” del contrato a tiempo parcial ya que la reforma permite el recurso a las horas extraordinarias en este tipo de contrato, lo cual supone dar carta blanca al empresario en la fijación de la distribución de la jornada. Así, se prioriza el contrato a tiempo parcial como instrumento de creación de empleo de bajo coste en detrimento de la naturaleza de este contrato como una fórmula para favorecer y avanzar en la conciliación de la vida laboral, personal y familiar. Esta nueva regulación tiene un impacto especialmente negativo sobre las mujeres.
Aportamos 4 artículos que consideramos claves para Responder que SÍ hay Alternativas al Pensamiento Único Neoliberal que nos impone la Oligarquía en nombre del bien de los mercados.
A.- Entrevista Dennis Meadows La Vanguardia Mayo 2006
Meadows fue el autor de los Límites del Crecimiento, un infrome para el Club de Romoa que se realizó en 1972.
B.- Desconectados: Jorge Riechmann, Licenciado en Matemáticas por la Universidad Complutense de Madrid en 1986, ha estudiado Filosofía en la UNED y Literatura Alemana en la Universidad Wilhelm von Humbolt de Berlín. Doctor en Ciencias Políticas por la Universidad Autónoma de Barcelona, ha sido profesor en el departamento de Sociología y Metodología de las Ciencias Sociales, y profesor titular de Filosofía Moral en la misma. Miembro del Departamento Confederal de Medio Ambiente de CCOO, de la Sociedad Española de Agricultora Ecológica, de Ecologistas en Acción y de Greenpeace España.
1980 fue aproximadamente el año en que la demanda conjunta de los seres humanos –medida en términos de huella ecológica— superó la biocapacidad de la Tierra[4]. 1999 fue el año en que los refugiados por causas medioambientales superaron al número de refugiados de guerra: 25 millones[5] (desde entonces esa tijera no ha dejado de abrirse cada vez más –y no porque las guerras estén en retroceso…). 2011 fue el año en que nació el bebé que empujaba la población humana hasta 7.000 millones de personas (las previsiones de NN.UU. sugieren una estabilización cerca de los 9.000 millones de personas en 2050). También fue 2011 el año en que arranca la primera explotación comercial minera en el fondo marino[6], o en que llegó al gran público el fenómeno del fracking (“fractura hidráulica” para acceder a reservas subterráneas de gas “no convencional”, shale gas)…
C.- ¿Cómo frenar el saqueo de los bienes comunes? Ugo Mattei, Profesor de Derecho Internacional Comparado en el Hastings College of the a Law de la Universidad de California, autor de Beni comuni. Un manifesto, Laterza, Bari-Roma, 2011
Cuando un Estado privatiza una vía de ferrocarril, una línea de transporte aéreo o un hospital, cuando cede la distribución de agua potable o vende universidades, expropia a la comunidad de una parte de sus bienes; una expropiación simétrica a la que realiza sobre la propiedad privada cuando desea construir un camino o alguna otra obra pública. En un proceso de privatización, el gobierno vende algo que no le pertenece, sino que pertenece proporcionalmente a cada uno de los miembros de la comunidad, de la misma manera que cuando se apropia de un campo para construir una autopista, adquiere mediante la coerción una propiedad que no es suya.
E.-De vidas vivibles y producción imposible. Amaia Orozco, doctora en Economía por la Universidad Complutense de Madrid, imparte clases sobre género y economía en diversos estudios de posgrado. Ha trabajado como investigadora del Instituto Internacional de Investigación y Capacitación de la ONU para la Promoción de la Mujer ; fue miembro del colectivo Precarias a la Deriva y participa activamente en movimientos sociales. Entre sus publicaciones: Perspectivas Feministas en torno a la Economía: el caso de los cuidados (CES, 2006); Desigualdades a flor de piel : las cadenas globales de cuidados (con Silvia L. Gil)
De qué estructuras socioeconómicas nos dotamos para articular una responsabilidad colectiva en la reproducción de las condiciones de posibilidad para esa vida que merece la pena ser vivida. De nuevo, el sistema actual no nos sirve, por esa contradicción estructural entre el proceso de valorización de capital y el proceso de sostenibilidad de la vida. Bajo la preeminencia del primer proceso, la vida éticamente cualificada está siempre bajo amenaza36; como lo afirma Antonella Picchio, el capitalismo es una “economía de muerte” o, en palabras de Herrero (2010b), es un sistema “biocida”. La responsabilidad de sostenerla está privatizada, feminizada e invisibilizada.
De aquí se abren múltiples debates, y, al menos, dos certezas: la propuesta no es dejar esa responsabilidad en los mercados capitalistas; estos no pueden ser la estructura socioeconómica priorizada, sino que, antes al contrario, han de tender a desaparecer. A la par, esa responsabilidad ha de ir democratizándose, colectivizándose y des-feminizándose. Si bien pueden parecer afirmaciones excesivamente amplias y abstractas, de ellas se deriva un primer movimiento estratégico fundamental: detraer recursos de la lógica del capital, para poder ponerlos a funcionar bajo otras lógicas económicas (de reciprocidad y solidaridad) en estructuras económicas democráticas. Para lograrlo, disponemos de una plétora de mecanismos, que implican una detracción más o menos amplia, intensa o directa37. Pongamos varios ejemplos:
Para detraer espacio físico (tierra, espacio urbano y rural) el ecologismo tiene muchas propuestas elaboradas: recalificación y/o reclasificación de los suelos; redefinición de toda la orientación de los transportes, priorizando el colectivo frente al automóvil y una red ferroviaria electrificada que una todos los núcleos habitados y priorice esta conexión frente a las líneas de alta velocidad que unen grandes núcleos; espacio en las ciudades para el carril bici y zonas peatonales frente al asfalto para los coches; tierras para la pequeña agricultura ecológica frente a las tierras para los monocultivos para la exportación… Para detraer espacios construidos y, en concreto, viviendas, tenemos propuestas más reformistas como la dación en pago, y otras más rupturistas, como la expropiación de la vivienda vacía y la puesta en marcha de un parque público de vivienda en alquiler; o la okupación misma.
Los obstáculos a la huelga general del 29 de Marzo: manipulación informativa, ilegalidad de la acción de gobierno, complicidad culpable de los sujetos económicos. Antonio Baylos,catedrático de Derecho del Trabajo y la Seguridad Social de la Universidad de Castilla La Mancha. Sin Permiso
La manipulación, la mentira y la desinformación son elementos centrales hoy en esta estrategia de despiece de la democracia no sólo social, sino política y ciudadana. Pero también lo es la ilegalidad de las acciones del poder público. Ilegalidad que se parecía en diversas direcciones, en sentidos diversos. En primer lugar porque el gobierno legislador está vulnerando con su norma de reforma importantes principios constitucionales en una clara orientación anticonstitucional, lo que posiblemente haya que distinguirse de la inconstitucionalidad directa de algunos de los preceptos del RDL 3/2012. Es decir, el gobierno legislador ha utilizado ilegítimamente un poder normativo de excepción para desarrollar un marco institucional de las relaciones de trabajo que giran en torno al principio despótico del poder empresarial sin controles reales en las relaciones de trabajo y en la organización del mismo, y que se orienta a socavar el sistema autónomo de negociación colectiva, impidiendo así la expresión eficaz del poder contractual colectivo gobernado por el sindicato. Al plasmar este modelo anticonstitucional, que deroga los elementos centrales del marco democrático de relaciones laborales, incurre asimismo en inconstitucionalidades evidentes de ciertos preceptos legales, pero la depuración de éstos por el Tribunal constitucional no evitará la convalidación de la violencia del poder privado como regla de gobierno de las relaciones laborales.
Por Ugo Mattei, Profesor de Derecho Internacional Comparado en el Hastings College of the a Law de la Universidad de California, autor de Beni comuni. Un manifesto, Laterza, Bari-Roma, 2011. Le Monde Diplomatique Diciembre 2011
¿Cómo proteger la propiedad colectiva en un momento en que los gobiernos se deshacen de los servicios públicos y dilapidan los recursos naturales que heredaron por ejemplo para “equilibrar” su presupuesto? La nocíón de “bienes comunes” propone superar la antinomia entre propiedad pública y propiedad privada.
Cuando un Estado privatiza una vía de ferrocarril, una línea de transporte aéreo o un hospital, cuando cede la distribución de agua potable o vende universidades, expropia a la comunidad de una parte de sus bienes; una expropiación simétrica a la que realiza sobre la propiedad privada cuando desea construir un camino o alguna otra obra pública. En un proceso de privatización, el gobierno vende algo que no le pertenece, sino que pertenece proporcionalmente a cada uno de los miembros de la comunidad, de la misma manera que cuando se apropia de un campo para construir una autopista, adquiere mediante la coerción una propiedad que no es suya.
Es decir que toda privatización decidida por la autoridad pública –representada por el gobierno de turno– priva a cada ciudadano de su cuota de bien común, exactamente como en el caso de una expropiación de un bien privado. Pero con una diferencia importante: la tradición constitucional liberal protege al propietario privado del Estado constructor, instituyendo la indemnización por expropiación, mientras que ninguna disposición jurídica –y menos aún constitucional– ofrece ninguna protección cuando el Estado neoliberal traslada al sector privado los bienes de la colectividad.
Debido a la evolución actual de la relación de fuerzas entre los Estados y las grandes empresas transnacionales, esta asimetría representa un anacronismo jurídico y político. La misma irresponsabilidad constitucional autoriza a los gobiernos de turno a vender libremente el bien de todos para financiar su política económica. Nos hace olvidar que los poderes políticos deberían ponerse al servicio del pueblo soberano, y no a la inversa.
En efecto, el “sirviente” (el gobierno) debe poder disponer de los bienes de sus mandatarios (los ciudadanos) para cumplir correctamente su servicio; pero su papel es el de un administrador de confianza, no el de un propietario libre de abusar de su patrimonio. Porque una vez enajenados, maltratados o destruidos, los bienes comunes dejan de existir para la colectividad. No son reproducibles y difícilmente sean recuperables, tanto para la generación presente –en el caso de que se dé cuenta de que ha escogido mayoritariamente a un sirviente malvado– como para las que vienen, a las cuales ni siquiera se les puede reprochar una elección que no hicieron. La cuestión de los bienes comunes pasa primero por una forma constitucional, ya que es en las Constituciones donde los sistemas políticos fijan las decisiones de largo plazo que quieren sustraer de la arbitrariedad de los gobiernos sucesivos (1).
Un nuevo lugar para lo “público”
Así pues, es importante desarrollar una elaboración teórica, acompañada por una defensa militante, que trate los “bienes comunes” como una categoría con autonomía jurídica que constituya una solución de recambio, tanto para la propiedad privada como para la propiedad pública (2). Esta tarea se revela más necesaria en la medida en que el sirviente padece hoy el vicio mortal del juego (el crédito, más que el impuesto, financia sus actividades), lo cual lo hizo caer en manos de usureros claramente más fuertes que él. En la aplastante mayoría de los Estados, en efecto, el gobierno, sometido por muchos canales a los intereses financieros globales, liquida los bienes comunes por fuera de todo control y ofrece como explicación la necesidad de pagar sus deudas de juego. Esta lógica enmascara como natural y obligatorio un estado de cosas que en realidad resulta de elecciones políticas constantes y deliberadas.
La conciencia de los bienes comunes, es decir el hecho de ver en ellos instrumentos para la satisfacción de las necesidades y derechos fundamentales de la colectividad, no es algo que se decida en los papeles (3). Se forma en el marco de las luchas –que a menudo terminan en derrotas pero siempre resultan emancipadoras– que se llevan adelante para defenderlos en el mundo entero. En muchos casos, los verdaderos enemigos son justamente aquellos Estados que deberían ser sus fieles guardianes. Así, la expropiación de los bienes comunes a favor de los intereses privados –multinacionales, por ejemplo– es a menudo obra de gobiernos ubicados en una posición de creciente dependencia (y por lo tanto, de debilidad) con respecto a las empresas que les dictan políticas de privatización, de “consumo” del territorio y de explotación. Desde este punto de vista, la situación de Grecia e Irlanda es particularmente emblemática.
La tradición occidental moderna se desarrolló en el marco de la dialéctica Estado-propiedad privada, en un momento histórico en que sólo esta última parecía necesitar protección frente a gobiernos autoritarios y omnipotentes. De ahí provienen las garantías constitucionales que son la utilidad pública, el ámbito reservado a la ley (que le garantiza al legislador el monopolio de ciertas cuestiones, si se excluyen las intervenciones de otros poderes del Estado en forma de decretos o regulaciones) y la indemnización. Pero ahora que la relación de fuerza entre Estado y sector privado evolucionó, la propiedad pública también necesita protecciones y garantías a largo plazo. Pero he aquí que estas son difíciles de concebir dentro del marco tradicional, que restringe la cosa pública al Estado. Es por eso que la protección liberal clásica de lo privado en relación al Estado ya no alcanza.
La conciencia política de la expropiación o del saqueo de los bienes comunes en el marco de las luchas actuales (por el agua, la universidad pública, la alimentación, contra las grandes obras que degradan los territorios) emerge a menudo de manera difusa, sin por ello desembocar en la elaboración de nuevas herramientas teóricas capaces de representar dicha conciencia e indicar una dirección común para esas movilizaciones. La categoría de los bienes comunes es llamada a cumplir esta nueva función constitucional de protección de lo público frente al Estado neoliberal y el poder privado.
Esta noción dio un salto cualitativo cuando, en 2009, la economista norteamericana Elinor Ostrom recibió el premio Nobel de Economía por sus trabajos sobre los commons y, en particular, por su libro La gobernanza de los bienes comunes (4). La especialista se convirtió incluso en una palabra clave del paisaje internacional. No obstante, esta consagración borró ampliamente su potencial crítico. En la comunidad científica, la obra de Ostrom no se tradujo en un reconocimiento pleno y entero de las consecuencias revolucionarias que podía tener la posición central de los bienes comunes entre las categorías de lo jurídico y lo político.
La “tragedia de los bienes comunes” (5) –idea según la cual el libre acceso de los individuos a los recursos comunes provoca su sobreexplotación y amenaza su existencia– también llevó a la corriente universitaria dominante a considerar lo “común” como el lugar del no derecho por excelencia.
Desde esta óptica, un gran número de economistas y especialistas de las ciencias sociales acabaron fundando sus teorías sobre la imagen de una persona que, invitada a un almuerzo donde hay disponible gran cantidad de comida, se abalanza sobre ella, procurando así maximizar la suma de calorías que puede almacenar a costa de los demás. El Homo economicus glotón consumiría el máximo de alimento en un mínimo del tiempo.
Ostrom mostró hasta qué punto este modelo de comportamiento falla al intentar describir la relación entre el hombre de carne y hueso y el mundo real. No obstante, no sacó ninguna consecuencia política del hecho de que el modelo describa bastante bien las conductas de las dos instituciones más importantes que rigen nuestro mundo. En efecto, tanto la empresa como el Estado neoliberal tienden a actuar, frente a los bienes comunes, exactamente como el glotón invitado al almuerzo: procuran adquirir el máximo de recursos a costa de los demás. Impulsados por el interés de los gerentes y los accionistas en un caso, y de la nación y los dirigentes políticos en el otro, adoptan comportamientos miopes y egoístas, que la mayoría de las veces esconden detrás de una espesa niebla ideológica.
Un cambio de sensibilidad
Una vez dentro de la corriente académica y científica dominante, el discurso sobre el bien común corre el riesgo de convertirse en uno de los registros de moda de la poscrisis, como la “sustentabilidad” o la “economía verde”. Las generaciones que sucedieron a la “revolución científica”, en efecto, encontraron el modo de abrir una caja fuerte donde había guardadas inmensas fortunas que las generaciones anteriores no sabían que tenían, y no sabían cómo explotar (6). La primera modernidad (siglos XVI-XVIII), a través de la alianza entre el derecho, la técnica y la economía, forjó un imaginario que presenta como “ciencia” el hecho de sacar provecho –derrochándolas– de las riquezas contenidas en esa caja fuerte (carbón, petróleo, gas, agua dulce profunda), recursos naturales que no podemos producir y que no se reproducen naturalmente, salvo a lo largo de millones de años. Sobre este imaginario se funda esta ciencia de la explotación rápida y eficaz del tesoro que, desde hace trescientos años, llamamos economía.
En la mentalidad moderna, explotar bienes comunes –mediante un consumo que inevitablemente desemboca en su privatización a favor de los que consiguen explotarlos y aprovecharlos más eficazmente– se considera natural. El proceso de acumulación llama a la mercantilización, cuyos supuestos son la moneda, la propiedad privada del suelo y el trabajo asalariado, invenciones humanas que desvían hacia fines comerciales ciertos valores cualitativos únicos y no reproducibles, como la tierra, el tiempo de vida y el intercambio cualitativo.
Karl Marx describió el proceso de acumulación primitiva –en particular, la expoliación de las tierras comunes en Inglaterra, en el siglo XVI– como la etapa inicial del desarrollo capitalista, que permitió el avance de un capital suficiente para impulsar la revolución industrial. No obstante, podríamos extender la definición y considerar que la acumulación primitiva mediante la conquista de los bienes también engloba la privatización de lo que ha sido edificado en común gracias al sistema de contribuciones, fruto del trabajo de todos: transportes y servicios públicos, telecomunicaciones, mantenimiento urbano, bienes culturales y paisajísticos, escuelas (y más ampliamente todo lo que tiene que ver con la cultura y el conocimiento), hospitales; en resumen, todas las estructuras que rigen la vida social, hasta la defensa y las cárceles (7).
Un cambio general de sensibilidad, que podría convertir el bien común en la perspectiva central, sentaría las bases para un profundo cambio que se desarrollaría en el plano técnico-jurídico. Se trata, pues, de develar, denunciar y superar la paradoja heredada de la tradición constitucional liberal: la de una propiedad privada más protegida que la propiedad común.
1. Esta protección, que es necesaria, no por ello es menos frágil. En Francia, la constitucionalización de los monopolios de los servicios públicos, en 1946, no impidió formas posteriores de desmantelamiento.
2. Michael Hardt y Antonio Negri, Commonwealth, Harvard University Press, 2009.
3. Ugo Mattei y Laura Nader, Plunder. When the rule of law is illegal, Blackwell, Oxford, 2008.
4. Elionor Ostrom, Governing the Commons, Cambridge University Press, 1990.
5. Garrett Hardin, “The Tragedy of the Commons”, Science, vol. 162, n° 3859, Washington, diciembre de 1968.
6. Carlo M . Cipolla, The Economic History of World Population, Penguin, Londres, 1962.
7. Elisabetta Grande, Il terzo strike, Sellerio, Palermo, 2007. Cf. también las reflexiones de David Harvey sobre la “acumulación por desposesión” en El nuevo imperialismo, Akal, Madrid, 2004.
* Profesor de Derecho Internacional Comparado en el Hastings College of the a Law de la Universidad de California, autor de Beni comuni. Un manifesto, Laterza, Bari-Roma, 2011.