Libia | Lybia | Líbia| Gaddafi | Khadafi | Gadafi. Artículos de opinión | África

Gadafi de principio a fin (y la agenda de la OTAN): Vijay Prashad, catedrático de Historia del Sur de Asia y director de Estudios Internacionales en el Trinity College de Cambridge, Harford, CT. Su último libro publicado, The Darker Nations: A People’s History of the Third World, ganó el Premio Muzaffar Ahmad de 2009.  Sin Permiso, 23-10-11.

El islamismo avanza de nuevo en la nueva Libia: Juan Miguel Muñoz, El País 2-11-11

¿África Ahora? ¿Por qué no? - Juan Gelman, es un poeta y periodista argentino. Premio Cervantes 2007. Página 12, 30-10-11

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De la “primavera verde” a la “democracia islámica”. Adrian Mc Liman, analista política internacional 28-11-11

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Peace Reporter 25-8-11: Traducido por Rebelión.
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Porta a l’esperança
El Punt Avui 25-8-11
Antoni Segura Mas
Puerta a la esperanza: Versió Google en castellà

Una posguerra difícil
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Enrique Vega: “El éxito en la resolucion de conflictos depende de unos objetivos claros y factibles”

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Sin Permiso 29-8-11
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Los rebeldes de la CIA en Libia: los mismos terroristas que mataron tropas de Estados Unidos y la OTAN en Irak

Webster G. Tarpley, Ph.D
Traducción de Umberto Mazzei, Ginebra
24 de marzo 2011

Más artículos sobre Libia

CONTINGUTS MÓN OBERT del 22.10.11 Ràdio l’Hospitalet, 96.3 FM, i podcasts

Aquesta setmana s’han produït dues notícies històriques. D’una banda, l’anunci d’ETA de posar fi a la lluita armada. De l’altre, la mort del dictador Muammar al Gaddafi.


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Libia y el mundo del petróleo

Noam Chomsky (Filadelfia, Estados Unidos, 1928), lingüista, filósofo, escritor y analista político considerado todo un referente intelectual para la izquierda alternativa y los movimientos antiglobalización de todo el mundo.

Artículo escrito en Rebelión

La privatización del planeta: ¿es el mundo demasiado grande para caer?. Noam Chosky

Artículo escrito en Público 17-4-11

El mes pasado llegó a su fin el juicio al expresidente liberiano Charles Taylor en el tribunal internacional sobre los crímenes de la guerra civil en Sierra Leona.

El fiscal general, el profesor de Derecho estadounidense David Crane, informó a The Times de Londres que el caso estaba incompleto: los fiscales pretendían encausar a Muamar Gadafi, quien, dijo Crane, “era el responsable final de la mutilación o el asesinato de 1,2 millones de personas”.

Pero ese encausamiento no se produjo. Estados Unidos, Reino Unido y otros intervinieron para bloquearlo. Al preguntarle por qué, Crane dijo: “Bienvenido al mundo del petróleo”.

Otra víctima reciente de Gadafi fue sir Howard Davies, el director de la London School of Economics, quien renunció después de que salieran a la luz pública los lazos de la escuela con el dictador libio.

En Cambridge, Massachusetts, el Monitor Group, una firma de consultoría fundada por profesores de Harvard, fue bien remunerada por servicios tales como publicar un libro para llevar las palabras inmortales de Gadafi al público “en conversación con famosos expertos internacionales”, junto con otros esfuerzos “para mejorar la apreciación internacional de Libia (la de Gadafi)”.

El mundo del petróleo rara vez está lejos en el telón de fondo en asuntos que conciernen a esta región.
Por ejemplo, cuando las dimensiones de la derrota estadounidense en Irak ya no podían ocultarse, la retórica fue desplazada por el anuncio sincero de objetivos políticos. En noviembre de 2007, la Casa Blanca emitió una Declaración de Principios que insistía en que Irak debe conceder acceso y privilegio indefinidos a los invasores estadounidenses.

Dos meses después, el presidente George W. Bush informó al Congreso de que rechazaría la legislación que limitaba el emplazamiento permanente de las fuerzas armadas estadounidenses en Irak o “el control de Estados Unidos de los recursos petroleros de Irak”; demandas que tendría que abandonar poco después ante la resistencia iraquí.
Los levantamientos en el mundo árabe ofrecen una guía útil sobre el comportamiento de Occidente con los países que tienen petróleo. Al dictador rico en carburante que es un cliente fiable se le da rienda suelta. Hubo poca reacción cuando Arabia Saudí declaró el 5 de marzo: “Las leyes y las regulaciones del reino prohíben todo tipo de manifestaciones, marchas y concentraciones, así como su convocatoria, ya que van contra los principios de la Sharia y las costumbres y tradiciones saudís”. El reino movilizó a las fuerzas de seguridad, que aplicaron rigurosamente la prohibición.

En Kuwait, fueron sofocadas pequeñas manifestaciones. El puño de hierro golpeó en Bahrein después de que fuerzas militares encabezadas por Arabia Saudí intervinieran para garantizar que la monarquía suní minoritaria no se viera amenazada por las llamadas a las reformas democráticas.

Bahrein es sensible no sólo porque alberga a la Quinta Flota de Estados Unidos, sino también porque colinda con áreas chiíes de Arabia Saudí, donde está la mayor parte del petróleo del reino. Resulta que los recursos energéticos primarios del mundo se localizan cerca del norte del Golfo Pérsico (o Golfo Arábigo, como a menudo lo llaman los árabes), en gran medida chií, una potencial pesadilla para los planificadores occidentales.

En Egipto y Túnez, el levantamiento popular ha conseguido victorias impresionantes, pero, como informó la Fundación Carnegie, los regímenes permanecen y “al parecer están decididos a frenar el ímpetu prodemocrático generado hasta ahora. Un cambio en las élites gobernantes y el sistema de gobierno sigue siendo un objetivo distante”.
Libia es un caso diferente, un Estado rico en petróleo dirigido por un dictador brutal, que es poco fiable: un cliente digno de confianza sería mucho más preferible. Cuando estallaron las protestas no violentas, Gadafi actuó rápidamente para aplastarlas.

El 22 de marzo, mientras las fuerzas de Gadafi convergían en la capital rebelde de Bengasi, el principal asesor sobre Oriente Próximo del presidente Barack Obama, Dennis Ross, advirtió de que si había una masacre, “todos nos culparían a nosotros por ello”, una consecuencia inaceptable.

Y Occidente, ciertamente, no quería que Gadafi aumentara su poder e independencia sofocando la rebelión. Estados Unidos apoyó a la autorización del Consejo de Seguridad de la ONU para crear una “zona de exclusión aérea”, que sería puesta en práctica por Francia, Reino Unido y Estados Unidos.

La intervención evitó una probable masacre pero fue interpretada por la coalición como la autorización para el apoyo directo a los rebeldes. Se impuso un alto el fuego a las fuerzas de Gadafi, pero se ayudó a los rebeldes a avanzar hacia el Oeste. En poco tiempo conquistaron las principales fuentes de producción petrolera de Libia, al menos temporalmente.

El 28 de marzo, el periódico en árabe con sede en Londres Al-Quds Al-Arabi advirtió de que la intervención dividiría Libia en dos estados: “Un Este rico en petróleo y en manos de los rebeldes y un Oeste encabezado por Gadafi y sumido en la pobreza. Dado que los pozos de petróleo han sido asegurados, podríamos encontrarnos ante un nuevo emirato petrolero libio, escasamente habitado, protegido por Occidente y muy similar a los emiratos del Golfo”. La alternativas es que la rebelión respaldada por Occidente siga adelante hasta eliminar al irritante dictador.

Se arguye comúnmente que el petróleo no puede ser un motivo para la intervención porque Occidente tiene acceso al combustible bajo el régimen de Gadafi, lo cual es cierto pero irrelevante. Lo mismo pudiera decirse sobre Irak bajo el régimen de Sadam Hussein, o sobre Irán y Cuba.

Lo que Occidente busca es lo que Bush anunció: el control o, al menos, clientes dignos de confianza y, en el caso de Libia, el acceso a enormes áreas inexploradas que se espera sean ricas en petróleo. Documentos internos británicos y estadounidenses insisten en que el “virus del nacionalismo” es el mayor temor, ya que podría engendrar desobediencia.

La intervención está siendo realizada por las tres potencias imperiales tradicionales (aunque podríamos recordar –los libios presumiblemente lo hacen– que, después de la Primera Guerra Mundial, Italia llevó a cabo un genocidio en el este de Libia).

Las potencias occidentales están actuando en virtual aislamiento. Los estados en la región –Turquía y Egipto– no quieren participar, tampoco África. Los dictadores del Golfo se sentirían felices de ver partir a Gadafi; pero, incluso atiborrados de las armas avanzadas que se les entrega para reciclar los petrodólares y asegurar la obediencia, apenas ofrecen más que una participación simbólica. Otros países mantienen una posición similar: India, Brasil e incluso Alemania.

La Primavera Árabe tiene raíces profundas. La región ha estado en ebullición durante años. La primera de la ola actual de protestas empezó el año pasado en el Sáhara Occidental, la última colonia africana, invadida por Marruecos en 1975 y retenida ilegalmente desde entonces, de manera similar a Timor Oriental y a los territorios ocupados por Israel.
El pasado noviembre, una protesta no violenta fue sofocada por fuerzas marroquíes. Francia intervino para bloquear una investigación del Consejo de Seguridad sobre los crímenes de su protegido.

Luego se encendió una llama en Túnez que desde entonces se ha extendido para convertirse en una conflagración.

Siete claves para el despertar árabe

Los árabes arrancaron el siglo XXI con una segunda Intifada en Palestina y una gran movilización contra la invasión de Irak. No estaban dormidos, sino buscando cómo superar las tiranías poscoloniales

LUZ GÓMEZ GARCÍA, profesora de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad Autónoma de Madrid.
El País 15/04/2011

Despertar? Al final ha resultado que los árabes no estaban tan dormidos. ¡Claro que no! Hasta el islamismo de las últimas décadas ha sido una manifestación de que los árabes estaban inmersos en una angustiosa búsqueda de superación de las tiranías poscoloniales. Como ya dejó escrito Samir Kassir (De la desgracia de ser árabe), ensayista libanés asesinado por sicarios en 2005, la crisis árabe no era endémica, la depresión era perfectamente superable, pues los árabes habían participado de los episodios mayores de la modernidad y su desgracia se debía más a la geografía que a la historia.

¿Dormidos? Los árabes comenzaron el siglo XXI con una segunda Intifada en Palestina y una movilización masiva contra la invasión de Irak y la aquiescencia de sus regímenes; protagonizaron luchas de carácter socioeconómico (alzamientos bereberes en Argelia, huelgas del textil en Egipto, revueltas mineras en Túnez); negaron toda legitimidad a las soluciones yihadistas (Occidente contribuyó: no había mejor revulsivo que el binladismo con que se quiso empaquetar a todo musulmán); y se reinventaron la participación ciudadana a base de espacios públicos no patrimonialistas, con asociaciones cívicas y ONG a la cabeza.

1. Zapatos contra dictadores. Una de las imágenes más repetidas de las revueltas árabes ha sido la de la muchedumbre increpando zapato en mano al tirano. Al lego en los usos árabes le parecerá una pintoresca manera de protestar. Pero nada hay tan vejatorio para el inconsciente colectivo árabe como la suela del zapato, que simplemente mostrada a otra persona equivale al insulto más grave. La suela del zapato es lo contaminado, lo inhumano. Mostrársela al gobernante es el acto mismo de pisotearle. Levantarlo en la mano es alzar una antorcha de libertad. Recordemos el zapato que voló hacia Bush. El zapato es la calle, que ha despertado en Túnez y Tahrir no solo para los árabes sino para el mundo entero. Estos últimos meses han hecho justas las palabras que Blanchot escribió en 1968: “La calle es el lugar donde toda libertad es posible”.

2. La revolución siempre es joven. Sí, pero ¿por qué ahora? Hace dos décadas que el porcentaje de población árabe menor de 25 años supera el 50%. La novedad es su nivel de educación y su integración en la sociedad de la información. La novedad es que son jóvenes que se saben jóvenes y quieren serlo: emanciparse, viajar, consumir. La alquimia de los números ayuda a comprender por qué ahora: en 2002, el uso de Internet por los árabes apenas rozaba el 0,5% del total mundial (constituyendo los árabes el 5% de la población), pero en 2009 el Arab Knowledge Report de Naciones Unidas constataba una fuerte subida hasta el 4,5%. Excluidos de los medios de participación y de producción tradicionales, que no han sabido encauzar su frustración, los jóvenes, provistos de ordenador y móvil, han hallado el medio y formulado el mensaje.

3. Árabes en red. Una red es una forma, un síntoma, no una causa: es horizontal, multidireccional, no tiene centro. Las revueltas árabes se han servido de las redes (de las del mundo virtual, sí, pero también de otras más tradicionales, operativas en las sociedades árabes: la familia, el gremio, el vecindario) como un modo de comunicación que a su vez vehicula un modo de organización. Pero una vez logrado el vuelco, lo que está en juego es el futuro de las formas en red como mensaje mismo, algo que no debería pasarse por alto. Las redes propician una participación distinta de la dinámica electoral ordinaria, una libertad de expresión que supera los medios de comunicación unidireccionales y una responsabilidad individual que no se siente representada por la división de poderes. El experimento está en marcha, pero no es privativo del mundo árabe. Al contrario: entronca con las demandas de recomposición del paradigma democrático que desde Seattle y Génova han marcado lo que llevamos de siglo.

4. La tele de las masas, las masas en la tele. Quizá de todos los factores implicados en la preparación del cambio árabe, la cadena catarí de televisión Al Yazira ha sido el más decisivo y uno de los menos recordados ahora. Durante años, Al Yazira ha estado dando cuerpo a dos realidades: la de que los árabes tienen voz y su voz es su dignidad, y la idea de pueblo árabe sufriente que se rebela. No ha de olvidarse que para Al Yazira el eje motor del mundo árabe es la causa palestina, a la que luego vino a sumarse Irak. El que no haya visto asiduamente esta cadena ignora hasta qué punto el árabe de a pie tiene la palabra en ella y su palabra y la de los corresponsales son la esencia misma de la cadena. La gente de Tahrir, por mucho que use Internet, no se informa mediante The New York Times o Le Monde, sino por medio de Al Yazira (no Al Jazeera, que se emite en inglés para la diáspora, y que tiene una línea editorial ligeramente diferente).

5. Se llama Palestina y les importa a los árabes. Los israelíes lo saben bien. Y saben del hondón insalvable que lo palestino abre entre el pueblo (al-chaab, la palabra más repetida en todos los eslóganes de las revueltas, el mantra que puede cambiar el mundo árabe) y los dirigentes árabes, sumisos en uno u otro grado a los intereses de Israel. También el régimen iraní sabe de ello, y trata de jugar sus bazas para que el curso de los acontecimientos no le arrincone como protagonista del conflicto árabe-israelí. Ni a Israel ni a Irán les interesa el cambio árabe. Cuando algo puede cambiar en Palestina, llega un cohete Katiusha y todo vuelve a su sitio: los palestinos, a su futuro imposible; Irán e Israel, a su presente eterno; los árabes, a su pasado irredento. Mientras los árabes no sean dueños de su destino, Palestina no lo será del suyo, y viceversa. Es una ecuación demasiadas veces demostrada.

6. El peligro de la inteligencia militar. La sombra de la inteligencia militar (estadounidense o local) planea sobre el futuro árabe. Las transiciones tuteladas por el Ejército corren varios riesgos. El primero, el de los compañeros de viaje: el recurso interesado al islam político como combinación ideal de estabilidad y cambio. Al fin y al cabo, las formaciones islamistas son las mejor organizadas y, en muchos casos, la única oposición operativa. El segundo, el del populismo: las fuerzas armadas como garantes de la voluntad popular propenden a creerse la voz del pueblo. El tercero, claro, el de la perpetuación: generaciones de “oficiales libres” se han sucedido en el poder tras golpes que cambiaron lampedusianamente todo un país (Egipto, Irak, Yemen, Libia, Siria) para que nada cambiara.

7. Al rescate del Mediterráneo. Los levantamientos en curso han zarandeado dos siglos de historia árabe a remolque de Europa. Es más, le han recordado a Europa el potencial de las ciudadanías cuando ejercen su fuerza desde la base. La demanda de pluralismo y libertad de las clases medias árabes sintoniza con la reivindicación de una equidad socioeconómica y una ética distributiva por parte de las clases más desfavorecidas. Esta convergencia, aún incipiente, fluctuante y en peligro, debería despertar a las sociedades de todo el Mediterráneo, embarcadas en un neoliberalismo depauperante y un creciente déficit democrático. Es una oportunidad para repensar de un modo diferente un futuro común.

Pero el despertar aún es tibio, es un frágil comienzo. En cualquier caso, obliga a un cambio de paradigma tanto a los árabes como al llamado Occidente. Los árabes habrán de aparcar el paradigma del orientalismo defensivo (“Vosotros me menoscabáis”) y cambiarlo por una actitud protagonista y positiva. Y Occidente habrá de olvidarse del orientalismo ofensivo, el prístino (“Vosotros sois inferiores”), y de supeditar el mundo árabe a sus intereses económicos y securitarios.

Luz Gómez García es profesora de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad Autónoma de Madrid.

Observaciones históricas para entender las Revoluciones árabes de 2011

Vídeo Sicom TV: Claves de las revoluciones àrabes

Vídeos SicomTV Bichara Khader

Rashid Khalidi, 26-3-11 Revista SIN PERMISO

La primavera revolucionaria árabe ha desconcertado a propios y extraños. A cierta izquierda consignista y superficial que no consigue despegarse de esquemas antiimperialistas arcaicamente nacionalistas y estatistas, no menos que a unas derechas proimperialistas divididas en sus designios y en sus intereses, y desconcertadas ahora ante la contestación política y social de enorme alcance a que estamos asistiendo en directo en el África septentrional, una de las más evidentes manifestaciones del desorden catastrófico generado por el capitalismo contrarreformado y remundializado de las tres últimas décadas. Rashid Khalidi, el gran especialista en historia del Oriente Próximo y heredero del refinado marxismo internacionalista del llorado Edward Said, ofrece en estas breves y enjundiosas páginas unas reflexiones de mucho interés para entender críticamente lo que está pasando en el mundo árabe.- SP.

Hacia el final de su larga y rica vida, en 1402, el renombrado historiador árabe Ibn Jaldún se hallaba en Damasco. Nos dejó una descripción del asedio de Tamerlán a la ciudad y de su entrevista con el conquistador del mundo. Ninguno de nosotros podría compararse a Ibn Jaldún, pero cualquier historiador árabe de nuestros días que observe las revoluciones árabes de 2011 se verá embargado por el mismo sentimiento de pavor reverencial que debió de experimentar nuestro ancestro: estamos asistiendo a un cambio de primera magnitud en los asuntos del mundo.
Puede que

La primavera revolucionaria árabe ha desconcertado a propios y extraños. A cierta izquierda consignista y superficial que no consigue despegarse de esquemas antiimperialistas arcaicamente nacionalistas y estatistas, no menos que a unas derechas proimperialistas divididas en sus designios y en sus intereses, y desconcertadas ahora ante la contestación política y social de enorme alcance a que estamos asistiendo en directo en el África septentrional, una de las más evidentes manifestaciones del desorden catastrófico generado por el capitalismo contrarreformado y remundializado de las tres últimas décadas. Rashid Khalidi, el gran especialista en historia del Oriente Próximo y heredero del refinado marxismo internacionalista del llorado Edward Said, ofrece en estas breves y enjundiosas páginas unas reflexiones de mucho interés para entender críticamente lo que está pasando en el mundo árabe.- SP.
Hacia el final de su larga y rica vida, en 1402, el renombrado historiador árabe Ibn Jaldún se hallaba en Damasco. Nos dejó una descripción del asedio de Tamerlán a la ciudad y de su entrevista con el conquistador del mundo. Ninguno de nosotros podría compararse a Ibn Jaldún, pero cualquier historiador árabe de nuestros días que observe las revoluciones árabes de 2011 se verá embargado por el mismo sentimiento de pavor reverencial que debió de experimentar nuestro ancestro: estamos asistiendo a un cambio de primera magnitud en los asuntos del mundo.
Puede que esta coyuntura carezca de precedentes en la historia árabe moderna. De repente, regímenes despóticos sólidamente afianzados durante más de cuarenta años parecen vulnerables. Dos de ellos –en Túnez y, luego, en El Cairo— se desplomaron ante nuestros ojos en cuestión de semanas. Los viejos hombres que dominaban la situación revelaron subitáneamente su verdadera edad; la distancia que les separaba de sus poblaciones, nacidas varias décadas después, nunca fue tan grande. Una situación política aparentemente congelada se ha fundido de un día para otro al calor de la insurgencia popular que comenzó en Túnez y en Egipto y ahora se extiende por doquiera. Somos testigos privilegiados de uno de esos raros momentos de la historia universal en que las verdades más fijas y solidificadas se desvanecen y aparecen nuevos potenciales y nuevas fuerzas. Tal vez, algún día, algunos podremos decir lo que dijo Wordsworth de la Revolución Francesa: ―Una gran dicha fue estar vivo en esa aurora, pero ser joven era el cielo mismo‖.
Han sido éstas, hasta ahora, revoluciones desarrolladas por gentes comunes que exigen pacíficamente libertad, dignidad, democracia, justicia social, rendición de cuentas, transparencia e imperio de la ley. Se ha visto que los jóvenes árabes tienen esperanzas e ideales semejantes a los de las gentes que contribuyeron a las transiciones democráticas en la Europa del Este, América Latina y el sur, el sureste y el este de Asia. Esas voces sólo han sorprendido a quienes se llamaban a engaño con la propaganda de los propios regímenes árabes o de los medios occidentales, obsesivamente centrados en el fundamentalismo y el terrorismo islámicos en todo lo referente al Oriente Próximo. Así pues, este es un superlativamente importante momento, no sólo para el mundo árabe, sino también para el modo en que los árabes son vistos por los demás. Un pueblo sistemáticamente descalificado por décadas en Occidente se ve ahora por vez primera bajo los focos de una luz positiva.
Nada está todavía decidido en estas revoluciones árabes. Y las tareas más complejas están por venir. Resultó difícil derrocar a un tirano intocable y a su codiciosa familia, en Túnez como en El Cairo. Mucho más difícil será cambiar completamente el régimen y construir un sistema democrático que funcione. Y más difícil todavía afianzar un sistema democrático, si finalmente resulta hacedera su forja, no sometido a poderosos intereses creados. Finalmente, resultará una tarea hercúlea para cualquier nuevo régimen democrático popular conseguir justicia social y un rápido crecimiento económico, imprescindible para promover la igualdad de oportunidades, la educación de calidad, buenos puestos de trabajo, vivienda digna y unas infraestructuras públicas de todo punto necesarias. Los viejos regímenes fracasaron en todas esas cosas: quienes en Egipto viven con menos de 2 dólares al día han pasado de constituir el 39% a ser el 43% de la población en la última década de Mubarak en el poder. Un fracaso en el cumplimiento de esas hercúleas tareas podría muy bien traer consigo el regreso de las tenebrosas fuerzas de la reacción y la represión: la contrarrevolución árabe está, en efecto, activa en Libia, en Bahrein y por doquiera. Ese fracaso podría también redundar en beneficio de las tendencias violentas que prosperan en circunstancias de caos y desorden, como las que se desencadenaron en la ocupación norteamericana de Irak. Y no debemos olvidar jamás que esto es el Oriente Próximo, la región más codiciada del mundo, la más penetrada por intereses foráneos. Es vulnerable, como lo ha sido a lo largo de toda su historia, a una intervención extranjera que fácilmente podría distorsionar los resultados.
Sin embargo, lo que ha comenzado en Túnez y El Cairo ha abierto horizontes que desde hace mucho tiempo permanecían cerrados. Se han desencadenado la energía, el dinamismo y la inteligencia de la generación joven en el mundo árabe, luego de haber sido represados por un sistema que los trataba con desdén y que concentraba el poder en manos de una generación mucho más vieja. Aparentemente de la nada, los jóvenes han sacado una confianza, una seguridad y un coraje que hecho tambalearse a unos temibles regímenes estatales policíacos, otrora tenidos por invencibles.
¿Carece de genuinos antecedentes esta insurgencia revolucionaria? El mundo árabe ha sido escenario de levantamientos y revueltas durante toda su historia moderna. Durante la ocupación francesa, la población del El Cairo se rebeló repetidamente, llegando a liberar de los franceses efímeramente a la ciudad en 1800. Egipto se rebeló de nuevo contra la dominación extranjera en los años que siguieron a 1882; volvió a rebelarse contra los británicos en la gran revolución de 1919, y de nuevo en 1952. Durante la revuelta siria de 1925-26, los franceses fueron echados de la mayor parte de damasco y bombardearon salvajemente la ciudad. Los ejemplos abundan. La resistencia libia contra los italianos, que empezó en 1911 y duró más de 20 años; la gran revolución iraquí de 1920; la de Marruecos en 1925-26; la revuelta palestina de 1936-39: todos esos episodios provocaron campañas coloniales feroces. Marcaron elprincipio de un sombrío capítulo de la historia humana: el primer uso del bombardeo aéreo contra civiles en Libia en 1911; y el primer uso de gases venenosos contra civiles en Irak en 1920.
¿Qué distingue hasta ahora el levantamiento revolucionario al que estamos asistiendo ahora en el mundo árabe de sus numerosos antecedentes? Una de las aparentes diferencias es que en Túnez, Egipto, Bahrein y muchos otros países las cosas han discurrido hasta ahora de manera harto pacífica: ―Silmiyya, silmiyya‖, cantaban las muchedumbres en la plaza de Tahrir. Pero también discurrieron de esta guisa muchos levantamientos árabes en el pasado. Así muchos episodios de las largas luchas egipcias e iraquíes para poner fin a la ocupación militar británica, y las sirias, libanesas, marroquíes y tunecinas para poner fin a la de Francia, por no hablar de la primera Intifada palestina contra la ocupación israelí entre 1987 y 1991. Las tácticas no violentas ampliamente utilizadas en los recientes levantamientos en Egipto y otros sitiios no constituyen una novedad en las revueltas árabes, que tienen una larga y densa historia pasada de protesta no violenta, o al menos, desarmada.
También se ha dicho que lo que distingue a esas revoluciones de otras pasadas en el mundo árabe y otros lugares del Oriente Próximo es que ahora se centran en la democracia y el cambio constitucional. Y es verdad que ésas han sido reivindicaciones centrales. Pero tampoco eso carece de precedentes. Hubo efervescencia constitucional sostenida en Túnez y Egipto a finales de la década de los 70 del siglo XIX bajo las ocupaciones británica y francesa de esos países en 1881 y 1882. Análogos debates llevaron al establecimiento de una constitución en el Imperio Otomano en 1876, que duraron con interrupciones hasta 1918. Todos los estados sucesores del Imperio Otomano se vieron profundamente influidos por ese accidentado experimento constitucional. En 1906, Irán instituyó un régimen constitucional, un régimen, no obstante, repetidamente eclipsado. En período de entreguerras y posteriormente, los países semi-independientes e independientes en Oriente Próximo estuvieron en general gobernados por regímenes constitucionales.
Se trató en todos los caso de experimentos constitucionales fallidos, enfrentados a enormes obstáculos en forma de intereses creados, proclividades autocráticas de los dirigentes y analfabetismo y miseria de las amplias masas. Al final, de los muchos problemas que tenían planteados sus sociedades, lograron resolver muy pocos. Pero los fracasos en punto a instituir regímenes constitucionales duraderos no se debieron solamente a esos factores internos. También se debieron al hecho de que esos gobiernos fueron sistemáticamente saboteados por las potencias occidentales, cuyas ambiciones se veían a menudo frenadas por parlamentos democráticos y una incipiente prensa y opinión pública que insistía en la soberanía nacional y en una justa participación en el reparto de sus propios recursos. A partir de finales del siglo XIX, eso formó una pauta una y otra vez repetida. Lejos de venir en apoyo del gobierno democrático del Oriente Próximo, las potencias occidentales se dedicaron por lo común a sabotearlo y a conspirar con las elites locales antidemocráticas, prefiriendo lidiar con autócratas acomodaticios, débiles y prontos al soborno.
De modo que lo que los hace sin ejemplo histórico no es la naturaleza democrática de estos levantamientos revolucionarios de 2011. Las revoluciones que tuvieron lugar entre 1800 y la década de los 50 del siglo XX estuvieron primordialmente orientadas a poner fina a la ocupación extranjera. Esas revoluciones de liberación nacional terminaron dando en la expulsión de las viejas potencias coloniales y sus odiadas bases militares en el grueso del mundo árabe. Esas revoluciones acabaron generando regímenes nacionalistas en el grueso del mundo árabe. Los de Argelia, Libia, Sudán, Siria y Yemen aún mantienen el poder. El de Irak fue derrocado por una invasión y una ocupación que han dejado un país devastado. Sólo en Túnez y en Egipto han sido hasta ahora esos regímenes derribados por sus pueblos, un resultado, no obstante, que dista por mucho de haberse consolidado.
Lo que de verdad distingue a las revoluciones de 2011 de sus predecesoras es que significan el fin de la vieja fase de la liberación nacional del dominio colonial y están, ahora, centradas en los problemas internos de las sociedades árabes. Huelga decir que durante la Guerra Fría el viejo colonialismo terminó dando paso a una forma más perniciosa de influencia exterior, primero de las dos potencias, y en los últimos veinte años, de los EEUU solamente. Todo el sistema regional árabe resultó apuntalado por esta hiperpotencia, cuyo apoyo resultaba crucial para la supervivencia de la mayoría de los regímenes dictatoriales que ahora se tambalean ante el desafío de sus pueblos. Mas, aunque ese importante factor ha estado siempre en el transfondo, lo cierto es que el foco de las revoluciones de 2011 está centrado en los problemas internos: en la democracia, las constituciones y la igualdad.
Ha habido otra reivindicación en 2011, sin embargo. La dignidad. Y eso ha de entenderse en dos sentidos: la dignidad de los individuos y la dignidad del colectivo, del pueblo y de la nación. La exigencia de dignidad individual resulta fácilmente inteligible. Frente a temibles Estado policíacos que aplastaban al individuo, nada más natural que esa exigencia. Las incesantes violaciones perpetradas por esos Estado autoritarios contra la dignidad de todos y cada uno de los ciudadanos árabes, así como las constantes afirmaciones de desprecio oídas de boca de sus dirigentes, acabaron siendo internalizadas generando una duradera autoabominación y una ulcerosa patología social. Lo que se manifestaba, entre otras cosas, en tensiones sectarias, un acosos sexual frecuente a las mujeres, criminalidad, drogadicción y una corrosiva incivilidad, horra de espíritu público.
Una de las peores cosas de los regímenes árabes autoritarios, aparte de su negación de la dignidad individual, fue el desprecio mostrado por los dirigentes hacia sus pueblos. A sus ojos, el pueblo era inmaduro, peligroso e incapaz de democracia. El tono paternalista y patriarcal de Mubarak en sus últimos discursos caracteriza a la perfección a esos regímenes: es el mismo tono que escuchamos ahora a Gadafi, y a los reyes y presidentes vitalicios de otros Estados árabes. Sólo Gadafi dice abiertamente lo que otros caudillos, creyéndolo, se callan: que sus pueblos son fácilmente engañados y llevados al huerto, es decir, que carecen de dignidad.
Lo que nos lleva a la exigencia de dignidad colectiva que han puesto en su estandarte las revoluciones de 2011. La falta de un sentido de dignidad colectiva árabe tiene que ver con la situación de esta región, una de las pocas que no se vio afectada por las transiciones democráticas que arrastraron a otras partes del mundo en el último cuarto del siglo XX. Súbitamente, los árabes han demostrado que no son diferentes de los demás. Estas revoluciones han creado un sentimiento de dignidad colectiva superlativamente reflejado en el orgullo mostrado por tunecinos y egipcios tras la caída de sus respectivos tiranos. ― Levanta la cabeza; ¡eres un egipcio!‖, cantaban las muchedumbres en Tahrir. Era la dignidad colectiva del pueblo egipcio, y con ella, del pueblo árabe todo, lo que se afirmaba.
Y eso trae a colación el papel de los EEUU y de su consentido protegé, Israel. Aunque se ha hecho poca mención de este enorme elefante suelto en la porcelanería durante las revoluciones de 2011, nunca dejó de estar en el trasfondo de ellas. Lo estaba el hecho de que Estados policíacos árabes se beneficiaron de equipo puntero y de prolongados entrenamientos en las mejores instalaciones estadounidenses y europeas. Latas norteamericanas de gases lacrimógenos fueron profusamente usadas contra pacíficos manifestantes en Túnez y El Cairo, como hace años se usaron sistemáticamente y con gran copia contra manifestantes palestinos en poblaciones como Bil’in en la Franja Occidental. Los matones de Ben Alí y de Mubarak estaban en excelentes relaciones con los servicios de inteligencia de los EEUU y de los países europeos. Lo que realmente significaba el apoyo occidental a la ― estabilidad – era apoyo a la represión, a la corrupción, a la frustración de las reivindicaciones populares y a la subversión de la democracia. También significaba la subordinación de los países árabes a los dictados de la política estadounidense y a las exigencias de Israel. La exigencia de dignidad colectiva es un llamamiento a poner fin a esa innatural situación.
Las revoluciones árabes de 2011 plantean muchas cuestiones. Tras una noche aparentemente sin fin, se ha desencadenado un espíritu de liberación en el mundo árabe, Es imposible decir si logrará persistir lo bastante como para superar los terribles problemas estructurales de los países árabes y derrotar las fuerzas de la reacción empeñadas en preservar el statu quo. Aunque las pertrechas elites han sido sacudidas en Túnez y Egipto por la oleada revolucionaria, no cederán fácilmente sus privilegios. Además, otras elites aún en el poder hará todo lo posible por frenar esta oleada abatida sobre toda la región.
Asunto conexo es si lo que empezó en Túnez y en Egipto tiene potencial bastante para derrocar a otras tiranías árabes. Con todas las semejanzas entre sus regímenes, cada país árabe es distinto de los otros. Las poblaciones de muchos de ellos, señaladamente Jordania, Argelia, Yemen, Bahrein e Irak, son menos homogéneas que las de Egipto o Túnez, y están atravesadas por segmentaciones étnicas, regionales o religiosas que las clases rectoras pueden aprovechar para dividir e imperar. Y en algunos casos, notoriamente en Argelia, Irak y Jordania, hay memoria de pugnaces enfrentamientos civiles que recientemente, o no tan recientemente, anegaron en sangre a esas sociedades, lo que podría ahora inhibir la protesta popular. Todos esos factores han sido movilizados por la reacción árabe, que opera transfronterizamente a fin de sostener sistemas antidemocráticos y discriminatorios, en Bahrein y por doquiera.
Con todo y con eso, el nuevo espíritu que ha embargado al mundo árabe se ha revelado contagioso, y las exigencias de democracia y bridas constitucionales a los poderes de los dominadores que comenzaron en Túnez y Egipto pueden oírse ahora en Marruecos, Argelia, Sudán, Siria, Yemen, Irak y los países del Golfo. La consigna acuñada, los primeros, por revolucionarios tunecinos y egipcios, se oye ahora por doquiera, desde el Atlántico hasta el Golfo: ―Al-sha’b yurid isqat al-nizam‖ (―El pueblo quiere la caída del régimen‖).
Resulte de todo ello lo que quiera, lo que está aconteciendo es una confirmación espectacular, no ya de las comunes aspiraciones de libertad y dignidad de toda una generación de jóvenes árabes, sino de la existencia de una esfera pública árabe común. Aunque eso debe no poco a los modernos medios de comunicación, es un error reducirse exclusivamente a las especificidades de la tecnología, ya se trate de facebook, de twiter, de teléfonos móviles o de televisión por satélite. Esa esfera pública común existía ya en el pasado, fundada en tecnologías más antiguas, como la prensa impresa y la radio. Como pasa con todas las revoluciones, ésta es resultado no de la tecnología, sino de luchas sociales inveteradas, en este caso, de uniones sindicales, de grupos de mujeres, de activistas por los derechos humanos, de islamistas, de intelectuales, de luchadores por la democracia y de muchos otros que han pagado muy caros sus afanes. Si algo hay radicalmente nuevo, son las formas capilares y no jerárquicas de organización que han ido desarrollándose entre muchos de estos grupos.
Otra cuestión que plantearán las revoluciones árabes será la del papel de las potencias occidentales en la remoción del putrefacto statu quo árabe. EEUU siempre anduvo al estricote, en su política exterior, entre sus principios, entre los que se halla la defensa de la democracia, y sus intereses, que le llevan a sostener a dictadores que hacen lo que de ellos se espera. Cuando mengua el escrutinio público, es el último impulso el que predomina en la política estadounidense en el Oriente Próximo. Ahora, con unos medios de comunicación norteamericanos contando historias de carismáticos jóvenes árabes derribando dictadores odiosos y exigiendo democracia en un inglés perfectamente comprensible, la opinión pública norteamericana está al acecho, y Washington ha respondido con un tibio apoyo a la transición democrática y con quedos llamamientos, dirigidos a sus otros clientes árabes, a la mesura en la represión de sus pueblos. El papel jugado por sórdidos intereses ya se ha afianzado en la política estadounidense en Bahrein y en Libia, que reciben tratamientos harto distintos, como distinto es también el que reciben otros países árabes testigos de levantamientos populares.
Este nuevo momento histórico en Oriente Próximo les hará harto más difíciles las cosas a Washington, a Tel Aviv y a las capitales árabes: no podrán seguir con sus viejos negocios al modo usadero. El régimen de Mubarak era un pilar central tanto para la dominación regional norteamericana como para la israelí, y será difícil, por no decir imposible, substituirlo. Los otros dominadores árabes absolutistas, aun si consiguen mantenerse en el poder, no podrán seguir ignorando a la opinión pública como invariablemente hicieron en el pasado. Las impopulares políticas tendentes a secundar sumisamente las directrices de Washington en su guerra fría contra Irán, o en su protección de Israel frente a cualquier presión hostil a la colonización y armada ocupación de territorio palestino, se harán harto más difíciles. El sistemático ingreso de la opinión pública en la determinación de la política exterior de los Estados árabes es todavía cosa del futuro. Pero se puede razonablemente esperar que los días en que los dominadores árabes podían ignorar a la opinión pública árabe y acomodarse al trato brutal dispensado por Israel a los palestinos pasaron definitivamente.
Nadie en Washington puede seguir ya confiando en la complaciente sumisión a Israel y a los EEUU, uno de los rasgos clave del estancado orden árabe que ahora se ve desafiado en toda la región. Lo que venga a substituirlo se determinará en las calles, no menos que en los cafés de Internet, en los ambientes sindicales, en las oficinas de los periódicos, en los grupos de mujeres y en los hogares de millones de jóvenes árabes. Ya han dejado dicho que no tolerarán seguir siendo tratados con el desprecio que les han venido demostrando los gobiernos durante todas sus vidas. Ya nos lo han anunciado: ―El pueblo quiere la caída del régimen‖. Quieren decir: esos regímenes que en todos y cada uno de los países árabes han robado la dignidad a los ciudadanos. También quieren decir: un régimen de alcance regional, cuyo piedra basal ha sido la humillante sumisión a los dictados de los EEUU e Israel, y que robaba a todos los árabes su dignidad colectiva.

Rashid Khalidi es el Profesor Edward Said de Estudios árabes en la Columbia University (Nueva York). Ha profesado en la Universidad Libanesa, en la American University de Beirut, en Georgetown University y en la Universidad de Chicago, y fue presidente de la Asociación de Estudios sobre el Oriente Próximo. Khalidi es autor de seis libros: Sowing Crisis: American Dominance and the Cold War in the Middle East (2009); The Iron Cage: The Story of the Palestinian Struggle for Statehood (2006); Resurrecting Empire: Western Footprints and America’s Perilous Path in the Middle East (2004); y Palestinian Identity: The Construction of Modern National Consciousness (1997; reeditado en 2010). Es autor de más de cien artículos de historia del Oriente Próximo.

Vídeo Sicom TV: Claves de las revoluciones àrabes</strong>

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Complot contra Libia

Complot contra Libia
PÚBLICO 13 mar 2011
Nazanin Amirian

En este país africano no hay hambruna, el 80 por ciento de la población está alfabetizado y tiene acceso al agua potable y la sanidad. La esperanza de vida es de 79 años y la tasa global de fecundidad es del 2.7, un signo claro del avance de la mujer. Lo inverosimil de la crisis de Libia, en la actual coyuntura de la región, es que los sublevados no son los ciudadanos, hartos de la dictadura férrea de Gadafi, sino jefes tribales –pseudo caudillos-, que respaldados por los comandos de la OTAN (cuya sensibilidad “humanitaria” se desactiva cuando Israel bombardea a los palestinos o Turquía a los kurdos) están empujando al país hacia una guerra civil. Declararlo como «estado paria» y convertirlo en un protectorado, encajaría a la perfección en la nueva estrategia de la OTAN, marcada por la lucha de las potencias para hacerse con el control de los escasos recursos energéticos que quedan.

Libia es la principal reserva de petroleo de África, cuyo coste de producción del crudo, de gran calidad, no llega al dólar por barril, comparándo con el de Canadá, por ejemplo, que alcanza los 50 dólares. Toda una tentación para las petroleras estadounidenses, marginadas en el mercado libio que está dominado por Europa, China y Rusia.

El plan contra este país es sospechosamente parecido al de Irak, otro Estado árabe desarrollado, al que destruyeron para apoderarse de su Oro Negro.

El cenit petrolero acelera los acontecimientos. EEUU, ante la inestabilidad de Oriente Medio –principal caudal del crudo del mundo-, y la imposibilidad de adueñarse del hidrocarburo de Asia Central (zona de influencia de China y Rusia), pone su mirada en África. Allí, los chinos, adelantándose, ya cuentan con varios millones de efectivos que no sólo intentan controlar sus recursos energéticos, sino también sus mercados.

Mientras la posición geoenergética de Libia seduce a Washington, Pekín abandona su política “no militarista” y anuncia su rearme, enseñando los dientes.

Estamos ante una nueva recomposición de las zonas de influencia, en la que Gadafi no es más que una miserable pieza de una pérfida maniobra de EEUU.

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